Insomnio, de Víctor M. Peralta

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Insomnio, de Víctor M. Peralta

El propósito del arte es recrear la sensación
de las cosas tal como las percibimos y no tal como las sabemos.
Víctor Shklovsky

Por: Gerardo Castillo Javier.

Al leer, las comparaciones no solo son inevitables, son deseables, pues ellas contribuyen a completar el complejo y fascinante proceso de entender, aprender, conocer y disfrutar. Y siempre que llega a mis manos un libro, renacen las memorias de mis primeras lecturas significativas. La primavera vestía sus colores y llovía casi todas las tardes. Aletargado por el rumor del aguacero, vi a mi padre acercarse con un voluminoso libro en la mano. Me lo entregó y me dijo: —Esto es para hombres. Tomé el libro y mientras leía el título y nombre del autor: Papillon (1970), Henri Charriere (1906-1973), me hizo sonreír la estrategia manipuladora de mi padre. La Biblia, Enriquillo (1882), de Manuel de Jesús Galván (1834-1910 y Cosas añejas (1890), de César Nicolás Penson (1855-1901), son libros que marcaron mi sensibilidad lectora. Por eso, a pesar de mis posteriores y reiteradas lecturas, esos primeros libros, de una u otra forma afloran en mi memoria. Y al leer con detenimiento los cuentos de Víctor M. Peralta que integran el libro Insomnio, recuerdo con placer mis lecturas de Cosas añejas. Por supuesto, otros autores también vienen a mi memoria: Horacio Quiroga, Juan Bosch y Julio Cortázar, y cada uno por razones diferentes.

La prosa de César Nicolás Penson abruma. Sus narraciones nos aproximan a lo sórdido de la naturaleza humana, unas veces; y otras, a la aparente intervención de lo trascendente que da origen a lo maravilloso, a lo extraordinario. Sin embargo, a pesar de la cuidadosa elección de los temas, lo verdaderamente poderoso es el manejo de la lengua que hace el autor. En el caso de Víctor M. Peralta, los temas no son exóticos ni pretende apegarse a las directrices de Juan Bosch, quien afirmó que no todos los temas son apropiados para escribir un buen cuento. Víctor M. Peralta, como César Nicolás Penson, tiene una exagerada sensibilidad que le imposibilita vestirse con el traje apático de la gala de los indiferentes: la insensibilidad social. Tanto Peralta como Penson reaccionan ante la injusticia y ante el deterioro o la pobreza del espíritu humano. Sin embargo, y dadas las coordenadas históricas que permiten explicar ciertas sutilezas, los autores hacen énfasis en aspectos diferentes. Nicolás Penson pone en relieve el peso que tienen las convenciones sociales, las diferentes formas del poder y las tradiciones; Víctor Peralta se detiene también en lo casi intangible y que, como las bacterias y los virus en el siglo pasado, se ha convertido en el gran problema del presente siglo: lo psicológico. Víctor Peralta se ocupa apenas del entorno, del paisaje, ya sea urbano o rural; en cambio, se detiene en las emociones y en los procesos que explican el cambio en los personajes, características que permiten entender por qué los personajes se perciben vivos y no como si fueran de cartón.

La escritura de César Nicolás Penson, aunque no ofrece detalle sobre sus concepciones teóricas de la narrativa, pone en evidencia gran talento y extraordinaria intuición. En cambio, la cuentística de Horacio Quiroga (1878-1937) se despliega ante el lector guiada por una concepción clara del objetivo del cuento y del papel del narrador. «El decálogo del perfecto cuentista» así lo evidencia. Igual ocurre con Juan Bosch (1909-2001) quien escribió una aproximación teórica sobre la narrativa breve: «Apuntes sobre el arte de escribir cuentos» (1958). Julio Cortázar (1914-1984) escribió varios trabajos teóricos sobre narrativa, entre los que se destaca «Del cuento breve y sus alrededores» (Último round, 1969), y en lo que respecta a los tres últimos escritores que refiero, todos coinciden en darle crédito a Edgar Allan Poe (1809-1849) y a su «Filosofía de la composición» (1846), los dos primeros con admiración y el último con la ambición de llevarla más lejos, tanto en lo conceptual como en la práctica. Y en esa corriente de los escritores que tienen conciencia teórica del género que cultivan se inserta Víctor M. Peralta. Y lo deja más que claro al sintetizar en una frase de cuatro palabras la propuesta teórica de Juan Bosch, que como subtítulo del libro Insomnio, reza: «Cuentos de punto fijo», refiriéndose a que los cuentos se ocupan de un asunto y solo uno. De manera que, literalmente, los cuentos del narrador sabanetero son como flechas lanzadas a un blanco. Es decir, son lineales, lo que explica su total despreocupación por el manejo del tiempo más allá de la cotidiana sucesión de eventos.

 Sin embargo, la conciencia del autor que nos ocupa sobre el manejo de la técnica parece ser más clara que la de su maestro, pues, Juan Bosch superó su propia propuesta teórica sin saberlo, pero Peralta juega el mismo juego totalmente consciente de lo que hace. El crítico venezolano Enrique Anderson Imbert (1910-2000) explicó que en el cuento «La mujer» (1932) de Juan Bosch, había, no una, sino dos historias. Años más tarde, Julio Cortázar haría lo mismo en varios cuentos, de los cuales el mejor logrado es «La noche boca arriba» (Final del juego, 1956). Víctor M. Peralta hace lo propio en «Algo muy personal», prueba suficiente para demostrar el manejo que posee del arte que con esmero practica. Don Pedro Carreras lo señala con indudable acierto: « “Algo muy personal” es el título que da inicio al libro, donde se recrean dos historias de amor con sentidos muy diferentes».

En las antípodas de lo que planteó Juan Bosch respecto al tema, la narrativa de Víctor M. Peralta se caracteriza por la trivialización del tema, de lo convencional, que él entiende como hipocresía social.

En tanto fenómeno social, la literatura no procura remedar la historia, sino que, para construir nuestra percepción de la ficción como realidad, clava sus raíces en el marco de lo real y erige, a partir de unas determinadas coordenadas económicas, geográficas, filosóficas, psicológicas, temporales, etcétera, la ilusión de que lo narrado es verdadero. Jorge Luis Borges, más técnico y menos crítico que Víctor, intenta crear la verosimilitud a través de un juego psicológico con el lector y que consiste en desacreditar a los demás escritores. En el cuento «El libro de arena», al final del párrafo inicial, dice: «Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico». Por supuesto, es un juego que el lector debe aprender a jugar, a través del que Borges deja escapar su buen y fino sentido del humor y también su arrogancia.

En Insomnio, el narrador no busca deslumbrar ni sorprender. Tampoco procura hacer evidente la profundidad filosófica o la agudeza intelectual de sus personajes. Sin embargo, a través de las situaciones más simples, Víctor M. Peralta llena de relieves y de humanidad a sus criaturas. Julio Cortázar, por ejemplo, se mueve de lo banalmente cotidiano e intrascendente a lo extraordinario y sobrecogedor. El autor argentino, en ese suave pendular que va del extremo de lo común de cada día a lo insólito y perturbador, nos muestra algún lado oscuro, inédito, asombroso de la vida. Víctor M. Peralta procede de forma inversa: se planta en la inmovilidad. Y arranca sus historias situándonos en un ambiente común a cualquier ser humano y su búsqueda consiste en profundizar, en viajar hacia y a través de la psicología de sus personajes. Así, la situación de los personajes se cierra sobre sí misma como una habitación sin puertas; el ambiente no varía o varía muy poco. En cambio, el viaje a través de las emociones, de la visión de los estereotipos sociales y del deterioro de la salud mental de los personajes es dolorosamente lúcido y terrible.

Cuando el lector se planta ante el libro Insomnio, inicialmente no lo sabe, pero tiene en sus manos una obra de arte singular, delicada y extraordinaria.

Gerardo Castillo Javier/2018

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