De Fulanos y Menganos, Zutanos y Esperancejos
POR: RACSO MOREJÓN – escritor. Reside en Santiago Rodríguez.
Hay palabras que parecen vivir entre nosotros desde siempre. Crecemos escuchándolas e incorporándolas a nuestro vocabulario sin la más mínima idea de cuál fue su origen, su etimología, su connotación. Las usamos con tanta soltura y naturalidad que ya no reparamos en su historia, ni en los caminos que recorrieron en el lenguaje hasta llegar al habla de nuestros días.
Hoy, Punto y coma, una sección del programa Con-tacto Radial, se extiende hasta las páginas de SabanetaSR, gracias a la generosidad de nuestro amigo Juan Pablo Bourdierd; y vamos a seguirle la pista a cuatro de esas criaturas del idioma; vamos a seguirle el rastro a Fulano, Mengano, Zutano y Esperancejo. Literalmente.
Comencemos por el más conocido:
Fulano. El término suena a cualquiera, tiene una onomatopeya medio indefinible: fu-la-no, así pronunciada luce hasta medio prosaica, sin embargo, es “mote” que se usa cuando no queremos pronunciar el verdadero nombre del sujeto al cual nos hacemos referencia. Pero su origen tiene más cuento del que parece y nos imaginamos. Les cuento que viene del árabe hispánico fulán, que a su vez procede del árabe clásico fulān, usado desde aquellos tiempos para referirse a alguna persona indeterminada, algo así como decir “tal” o “cual” tipo de personas o individuos.
En tiempos de Al-Ándalus, los escribanos lo usaban para llenar espacios vacíos en documentos, como quien pone hoy “X” o “N.N.”. Casi un etcétera del idioma.

Así, Fulano pasó del pergamino a la calle, al vulgo, al habla popular o vulgar como se le conoce; del árabe al castellano, recordad que los árabes o moros de aquel entonces estuvieron de “visita” en la madre patria por casi 8 siglos, ya se podrán imaginar la de costumbres de toda índole que quedaron arraigadas por las tierras de León y Castilla, y de la formalidad de nuestro lenguaje escrito y/o hablado pasó entonces al cotilleo cotidiano. Con tonos despectivos en algunos casos, según los contextos, aunque no siempre, por ejemplo, como cuando exclamamos con la vecina más próxima: «¿Niñaaaa viste a fulanita saliendo con el motoconcho, sí sí, el hijo de… menganita?»; o cuando aconsejamos enérgicamente: «¡No te quiero ver más con Fulano, ese se la pasa bebiendo todo el tiempo con Mengano en el colmado de Cuco! Mencionamos Cuco, pero damos por sentado de “Fulano y Mengano” nuestra contraparte sabe de quienes se trata.
A Fulano le siguen sus dos inseparables compañeros: Mengano y Zutano. Estos nombres nacieron por allá por la Edad Media, probablemente en la España de Castilla y Aragón, se dice que como extensiones burlescas del “Fulano”. Ah, ese español ya en formación.
Los gramáticos del Siglo de Oro los usaban para ejemplificar oraciones: “Fulano dice tal, Mengano responde más cual”. Según el Diccionario de Autoridades de 1734, se empleaban cuando se quería hablar de “personas indeterminadas, imaginarias o supuestas”. Personas sin la menor transcendencia para los hablantes. Gente sin la menor importancia diríamos hoy.
Visto así, este acercamiento a los orígenes de estos «sobrenombres» podemos colegial que Fulano es el primero de estos modos de nombrar a un sujeto anónimo de alguna manera, que para los árabes de aquellos lejanos tiempos no tenían ninguna relevancia en sí mismas, al estar relacionados con «persona cualquiera».
Bueno, con esta denominación empiezan las connotaciones mismas de las palabras y los sentidos con que las empleamos en sus respectivos contextos, Mengano el segundo, se deriva también del árabe man kān, que se traduciría como «quien sea», es decir cualquiera… El que sea, da igual…y Zutano el tercero, ya este término proviene del latín scitānus (scitus, «sabido»), que significa «sabido» o «el que ya sabemos quién es o cómo es, o qué es lo que da, como suele decirse.
Esta es entonces la tríada anónima de nuestra lengua más usada al día de hoy Fulano, Mengano y Zutano. Muy socorrida manera del habla popular, tanto así que sus significados apenas pasan inadvertidos.
Pero, caramba, hay uno adicional, sí, porque recuerden que, como “Los tres Mosqueteros”, eran tres, pero con D’Artagnan cuatro los personajes, menos famoso y más sabrosamente dominico-cubano, los sobrenombres, no D’Artagnan. De modo que “Esperancejo”, vendría a ser el cuarto de estos apelativos. Aquí entramos ya en el terreno de la creatividad popular, la chispeante y grácil ocurrencia del Caribe. En el habla del pueblo, “Esperancejo” se usa a veces como nombre figurado para ese personaje indefinido o medio ridículo que uno menciona en tono de burla: “Ah, sí, ese Esperancejo vino a hablarme de Con-tacto radial, que fulano y mengano no se lo pierden un solo día”.
Aunque no figura con ese sentido en el diccionario académico, se cree que proviene de Esperanza, usado irónicamente —como quien dice: “el pobre Esperancejo”, diminutivo y despectivo a la vez. Otros afirman que la correcta es Esperengano una mezcla que proviene del Pérez más…bueno imagínense ustedes…
Lo que sí es indiscutible es que son un par de palabras con el sello de nuestra creatividad lingüística criolla, latina, hechas al calor del fogón de la oralidad dominicana y cubana y muy probablemente extendida por nuestra América.
Así que ya usted lo sabe estimado lector, detrás de cada Fulano hay un eco del árabe que llega hasta nuestros días; detrás de cada Mengano y Zutano, un guiño del castellano clásico o antiguo para recordarnos el origen de nuestro sentido del humor; pero detrás de cada Esperancejo, o Esperengano habita una chispa del ingenio criollo, aplatana´o, del barrio o nuestros campos y ciudades, pero bien reyoyo como decimos, y hasta con la dosis de ironía chistosa que le da a nuestro lenguaje popular esa pimientica que “Fulanita”, digo Fefita, ¡La Grande de esta bella provincia de Santiago Rodríguez!, le pone a lo suyo nuestro.
Más del autor: Video | Racso Morejón presenta en Santiago Rodríguez su libro De la pira a la tinta
Entonces no concluimos, solo les decimos Punto y coma, porque el idioma no se detiene, solo hace una pausa, respira, suspira y continua… Con-tacto, eso sí. Porque la lengua es un ente vivo que se moldea a la par con el desarrollo social, científico, humano, en una palabra.
¿Quedemos con la cita para próximos encuentros? ¡Hasta la próxima entrega!
No sin antes compartirles unas décimas a manera de humor y como una muestra de lo dicho por esta vez.
Fulano
Fulano siempre comenta,
sin medir lo que vomita,
su lengua suelta, y proscrita,
se atraganta y desorienta.
Su jerga muy virulenta,
ignora la que es decoro;
de tan vivo es inodoro,
presumiendo sin sentido,
y el vulgo lo ha definido
con un zoquete al que ignoro.
Mengano
No te fíes de Mengano,
es deslenguado y burlesco,
Drácula es su parentesco,
de la palabra es profano.
Su faz propia de villano,
refleja hasta lo podrido,
su alegato es un gruñido
grotesco, vil, engañoso;
pues su pasado dudoso,
muchos lo dan por perdido.
Zutano
Zutano cree que sabe,
fanfarronea su historia,
se adorna con mucha euforia,
mas, su valor no se alabe.
Su verborrea es jarabe
que solo infla su apariencia,
pues su tozuda incongruencia
lo traiciona al discurrir;
ignora que el buen decir
no es pecado ni insolencia.
Esperancejo
Esperancejo, es figura,
tan pomposa y tan vacía;
cree que alguien le debía
el sosiego y su ventura.
Va inflando su compostura
con palabras de artificio,
pero en todo su ejercicio
solo asoma su impureza;
mezcla valor con vileza
y decoro con desquicio.
Moraleja
Cuando Fulano y Zutano
o Mengano y Esperancejo,
se juntan en un cortejo
se rompe lo cotidiano.
De su junte tan mundano
brota la desilusión,
y en su torpe concepción
ellos cantan sus bravuras;
venden siniestras y oscuras
pócimas de confusión.