Es verosímil la inmortalidad?

Por Sergio H. Lantígua
Prologal al periplo divulgable en el cual la pluma de éste neófito poetastro a veces inverecunda, extravertida y pluralista, se verá, una vez más, expuesta neotéricamente a vuestro sapiente escrutinio, ya, regulado el acrobatismo de mi insurrecta presión arterial.
Quiero usufructuar un deshilachado acervo que reza: «perro huevero aunque le quemen el hocico» para exculpar o justificar la coartada de mi reintegro, transigiendo metafóricamente, al persuadido e improductivo incentivo de querer divorciarme de la mujer que amo. La escritura romancerista.
Inmortalidad. Ortodoxa creencia mayorista entre nosotros los humanos que debo abordar, aunque no es mi habitud manipular asuntos religiosos en los temas elaborados por considerarlos vulnerables, y propensos al antagonismo heterodoxo y superfluo que solo propicia o engendra animadversión gratisdata entre el lector y el escribano.
Empero, hoy a pesar de la admitida abstención en esta contingencia y por no vislumbrar otra alternativa, debo inventariar algunas redundancias bíblicas para de una forma inocua, embestir el carcomido argüitivo de la perennidad que es el embrión de la entrega poética suplementada.
Y cito: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. » (Mateo 22:32). Hay eruditos que tratan de interpretar la vida eterna, como un ente biológico. Por ejemplo: Algunos dicen que uno es inmortal, porque «Se perpetua en sus descendientes». Esta idea generalizada, difiere de las referencias en la Biblia, como inmortalidad.
Otros han dicho que uno es inmortal, porque «Las obras tangibles e intangibles que uno haya plasmado perduran para siempre», literatura, arquitectura, filantropía, etc.
Otra apariencia de lo inmortal, es la «Reencarnación», opugnador también por ser promesas de una vida inédita que según la «inmortalidad bíblica», es la misma esencia encarnada en un cuerpo en empréstito.
Un dato irrebatible es: que el concepto escrutado, fué cincelado en la literatura India, y China. Por los filósofos de la antigua Grecia. En los jeroglíficos Egipcios y hasta los Indios de las Américas, evidenciaron en sus ideografías, creencias de supervivencia postrera.
Cuán equivocados estamos, al asumir arbitrariamente que la vida en su complejidad esotérica garantiza inmortalidad al hombre; cimentados en que ésta sería incongruente sin la progresión de lo perdurable después de la muerte.
Ahora, pedantesco, podría conjeturar que el coeficiente «esperanza» es el monovalente que transige a conjeturar que heredamos una vida inédita, subsecuente al mirífico hecho del Pecado Original.
Me tomé la legítima prerrogativa de hacer convocaciones alusivas a las Sagradas Escrituras, porque éstas, doctrinan la omnipotente recompensa de la vida eterna, lo que contribuye a que se haga más incomprensible el proverbio de que hayamos sido concebidos para luego ser erradicados por el mismo Hacedor, dictaminado el veredicto omnímodo de las finales del mundo.
Aquí le cerceno el cordel umbilical a ésta inédita prosa, último cosecho de mi indocto intelecto, al que la mayoría de las veces, ni yo mismo entiendo, como una sinonimia a la índole de la temática involucrada.
POETA INMORTAL
El poeta moribundo, acogíase mansejón a los manifiestos indicios de lo inexorable
Un séquito de flores perfumadas con bálsamo edulcorante eran sus parvos deudos
Arremolinadas al fulgor de candelabros extinguidos queriendo alumbrar su agonía
Resignado preámbulo. Metamorfosis de la mortalidad. Estoico al epílogo ineludible
Atormentado por el fastidioso desvarío del insomnio. Aguijones de remembranzas
Aquél atosigo anodino, extirpado de lo malquisto de sus anacrónicas vivencias
Desandando sus huellas en la sapidez de la vida. Perplejidad de un aura tránsfuga
Salvaguarda de reverberos ya rancios. Persistencia prendada al fútil eufemismo
Todavía obstinado, confortaba a su copla, esperanzado en la providencia utopista
Dormitivo, como cierzo invernante. Abstraído en lo trashumante de su existencia
Absorto en el pálpito jadeante, fatigado y el inaudible tic-tac de su exiguo pulso
Incoherente, regurgita poemas de amor cual Venus mimando a Eros su vástago alado
Expósito de mezquindad, espoleado por una insaciable sed de encastar su estirpe
Invocando migajas de su engendro. Circuición de nubarrones agoreros y torvos
Fútil pesquisa de influencias etéreas que pudiesen interceder en su jurisprudencia
Frágiles, las alas de su musa, sucumben abdicadas al macizo lastre de su longevidad
Postrado ante lo veras, trastornada la mirada, asuciado por un conato dogmático
Objetando al burdo que palurdo alzó su puño censurante ante su esópica trova
Era un bochornoso crepúsculo, casi tronchado el postrer balbuceo que aún insiste
En una báscula insobornable, pondera los impensados yerros y se atenua su verbo
Se omite el zodíaco de su signo. Se escurre de sus convulsos labios, la elocuencia
Y su alma gime desmadrada, extraviada su imparcial ecuanimidad ante lo póstumo
Y piensa en el mar, la lluvia, la sublimidad del amor, y lo arbitrario de la ignorancia
Su carencia de lógica. Indolente ante el flemático éxodo de todo lo imperecedero
La incoherencia enturbia su razón. Se le arrima el destino con designios pesimistas
Ora cabizbaja su cabeza pende. Silente su lengua. Ya convertido en poeta inmortal