Ensayo sobre la patria (1 de 3)

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Víctor M. Peralta - Escritor y comunicador.

Por: Víctor M. Peralta.

Casos y cosas del mundo.
Quién dijo patria. Eso es letra muerta. Aquí nadie piensa en eso. La violación a la ley, el delito, el engaño, la malversación de fondos públicos, y sálvese quien pueda lo cubre todo. Yo pienso en el país, y digo lo siguiente:

Cuando alguien se interesa por la política, lo hace con el propósito de llegar a un puesto público para servir a su gente y su comunidad. Ese debiera ser su fin. Pero ocurre y viene a ser, que una vez logrado su objetivo, la gran mayoría cambian de horizonte, se burocratizan y se le abre el apetito por los cuartos; hacerse ricos de la forma que sea.

Embajadas, consulados, ministerios, direcciones generales; desde ahí viene el acumulo de un sinfín de dividendos, inmediatos, o retenidos a futuro, que es como para alborotar al más común de los mortales. Cuentas bancarias en dólares, inversiones en bienes raíces; fincas, casas, apartamentos lujosos, villas en polos turísticos del país y en el exterior, vehículos de lujo, viajes en avión, en primera clase por supuesto, y hasta sus yatecitos para pasear a su familia en alta mar, o a una «segunda base» de ocasión. Y entonces su estatus de persona extremadamente «importante», le permite convivir y socializar con empresarios, artistas, y deportistas famosos. Eso es lo que vale para esta florida camada de «buenos y valientes dominicanos» Es parte del botín que hay que perseguir.

Muy por el contrario a lo que se nos dice que el poder es para servir, para la mayoría de los que llegan a un puesto público lo que importa es servirse y servir a los suyos. Y en base a ese rejuego se llevan a cabo las conocidas alianzas. Esa es la pura verdad. Y ahora se hace más evidente con estos famosísimos pactos entre partidos, incluso, entre gente que jamás se habían sentado a comerse un moro juntos.

Y hasta los propios convidados saben que no son más que acuerdos circunstanciales. Que hoy andan detrás de un objetivo común; tomar el poder, al precio que sea, pero que mañana muy bien pudieran recoger sus motetes, y marcharse con su música para otra parte. Y, así, como chichigua en banda, quedarán signados a convertirse en apátridas partidarios. Sin proyectos definidos.

De todos modos, es al pueblo común que le corresponde abrir los ojos. Visualizando, a la carrera de las circunstancias, la escogencia de candidatos serios. Usted dirá que ninguno hacen nada, cierto; este es un país donde el Presidente es todopoderoso, que si el Presidente no hace nada, menos podrán hacer otros. Pero por lo menos adoptar candidatos serios, que no tengan cola que le pisen. Este es un país que está lleno de honorables, pero con la cola que atraviesa el país entero. Hay que descorrer el manto que cubre el rostro de las mil maneras diferentes de hacernos trampa. Mientras eso no suceda seremos un país indigente, tullido, con estadísticas negativas en todo.

Y es bueno decir, que el dolo no solo viene de gente del gobierno; viene también de muchísimos sectores económicos del país. Es de todos conocidos que, al igual que muchos políticos, la mayoría de las grandes empresas han triplicado sus fortunas a costilla de la miseria de millones de dominicanos. Contrabandeando mercancías de todo tipo y valor. Y lo hacen en maridaje con políticos, que en gran medida han sido sus perpetuos compinches, y se han confabulados para afinar sus propósitos en la sombra del engaño, la manipulación y la mentira.

Todo el mundo recuerda a Miguel Coco, un titán de la honestidad, la responsabilidad y las buenas prácticas de hacer las cosas por el librito. Práctica que había asimilado de su líder y mentor, el profesor Juan Bosch. Fue de leyenda el ultimátum dado por Miguel Coco a un poderoso empresario para que pagara los cientos de millones que le debía al fisco. Y tuvo que pagárselos.

Los privilegios que se les otorgan a los empresarios no hay quien los pueda cuantificar. Miles y miles de millones en exoneraciones y evasiones de impuestos. Y es de tal magnitud, que algunos teóricos dicen que esa es una carga, en contra del país, mayor que los miles de millones que se roban muchos políticos. Y en esa sarta de grupos de mafiosos y evasores compulsivos, se cuentan muchísimas clínicas privadas, telefónicas, comercio de provisiones, gaseras, gasolineras, tenderos y almacenistas de todo tipo. Todo el mundo quiere hacerse rico sin mucha brega, de la noche a la mañana. Sin importar que sea a costilla del infeliz.

En este país cualquier carajo que tiene un carguito público se cree un Dios. Y son más difíciles de ver y abordar que el propio presidente de la república. No sabiendo que todos los empleados públicos son servidores nuestros. El síndico, el gobernador, los legisladores, los ministros, los del servicio exterior, los directores departamentales, hasta el Presidente de la república es un servidor nuestro. Porque el sueldo que percibe proviene de los impuestos que pagamos todos.

Y por la labor que pudieran hacer no hay que rendirle pleitesía, ni mucho menos darle placas de reconocimiento. Ningún funcionario hace una obra con dinero de sus bolsillos. Nadie, absolutamente nadie. Entonces no hay que rendirle reverencia por cosas que están en la obligación de hacer, o por lo menos diligenciar.

¿Quién dijo patria? Nadie trabaja pensando en esa cosa, tan «chistosa y exigente» Patria es solo una utopía que se la llevó la esperanza para depositarla en el sepulcro donde yacen los valientes que murieron por ella: Duarte, Manolo, Caamaño y el general Santiago Rodríguez.
¡Que descansen en paz, por los siglos de los siglos!
Victor.escritor@hotmail.com

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