En las aguas convulsas del sentimiento

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Sergio Reyes - Periodista

Por: Sergio Reyes II
He vuelto. Una vez más. Y nueva vez he salido indemne de los terribles estertores y remecimientos del escualo azulado al que me he afiliado con amor enfermizo, tras mis últimas decepciones con una AA cada vez más deficiente, abusiva y discriminatoria.

Con la imagen de Tatica, la de Higuey y Loma de Cabrera –entre otros patronazgos-, emitiendo sus destellos luminosos desde la pantalla de mi Samsung Galaxy y, tras el aterrizaje exitoso de la nave, el estruendo de los interminables aplausos de los fervorosos compueblanos que constituyen la casi totalidad de este vuelo, arribamos, con buen tiempo, a la Patria añorada, la de los cielos perlados de luceros y estrellitas, en la que me espera el cariño sincero y el aprecio de los míos.

Atrás quedó la silueta alargada de Manhattan, con su pantalla de torres de hierro y cemento que se multiplica cada día, no solo en cantidad sino también en altura.

Y envueltos en la neblinosa bruma de la babel de hierro quedaron mis hermanos y una parte considerable de mi familia, con quienes compartí, en esta impactante estadía, todo un mundo de experiencias y sentimientos que estuvieron signados por el agravamiento del estado de salud de mi santa Madre hasta concluir con la ineludible llegada del día fatal de su partida hacia nuevas sendas y etapas de la existencia.

Este regreso podría estar signado por nuevas y profundas reflexiones sobre aquello que constituye uno de los interminables conflictos de la existencia: el dilema del ser o no ser. Lo que somos en la vida. Si es dable sobrellevar la constante angustia que agobia nuestras vidas y, en fin, si vale la pena vivir por largo tiempo, persiguiendo conocer la respuesta a estas interrogantes.

Allá quedó el recuerdo de mi viejecita, patentizado en una tumba, identificada por una losa de granito que las tramitaciones burocráticas de esa gran Nación, impidieron que estuviese colocada en su lugar, antes de mi partida.

Quedó también su legado de amor y cariño, custodiado de manera férrea por mis tres hermanos, con quienes juré, frente a su tumba de Hackensack, mantener de manera indisoluble y permanente el recuerdo de nuestra Madre, y regresar a su lado, tantas veces como la vida y los compromisos me lo permitan.

Y en adición a estos quereres, también dejé en esa gran Nación las muestras sinceras del afecto que me une a un ejército de amigos de larga data, camaradas del quehacer cultural y compañeros de faena en el arduo trabajo de la factoría, quienes, en su conjunto, me ayudaron a mantener encendida la llamarada de templanza, la fe y la esperanza, en estos meses de angustia y desazón por los que transitó mi vida, en la ciudad de Nueva York.

Regreso, repito, al abrigo caluroso del cariño de los míos: Mi abnegada esposa, el cariñoso ejército de mis hijos y una horda anarquista y disociadora que corretea a mi lado por todas partes, violenta espacios de la casa que creí inexpugnables y se burla de manera descarada de los límites y prohibiciones.

(Como habrá podido deducir el amigo lector, en estas últimas letras hago referencia a mis nietos, verdaderos dueños de mi vida, mi presente y mi futuro).

Tanto aquí, como allá, el dolor y la desazón constituyeron en los últimos meses, semanas y días el motivo principal para unir en el recuerdo y el sentimiento a aquellos con quienes estuvimos ligados en importantes facetas de nuestras vidas.

De esas lacerantes perdidas recordamos al combatiente, guerrillero y profesor universitario Hamlet Hermann Pérez, quien falleció de manera inesperada, dejando en el corazón de todos quienes le conocimos y tratamos de cerca una profunda huella de pena desaliento.

Otro tanto debemos decir del pundonoroso abogado y sindicalista universitario Félix Miguel Díaz Medina, dirigente histórico de la combativa Asociación de Empleados Universitarios –ASODEMU-, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Y proveniente también de esa generación de hombres probos, esforzados y dispuestos a darlo todo por la Academia, las comunidades humildes y depauperadas y la Nación en su conjunto, el destino acaba de darnos el más fuerte aldabonazo de todos, con la muerte imprevista del ex Rector Magnífico de la UASD, Mateo Aquino Febrillet, quien acaba de caer fruto de una salvajada perpetrada por hienas furibundas de la política doméstica, cuya intolerancia y falta de humanidad no les permite ver más allá de sus intereses, de los recursos invertidos en su promoción proselitista y las millonadas que esperan obtener de esta dudosa inversión.

He regresado en silencio. No me alcanza el alma para vociferar a los cuatro vientos la alegría que me embarga al volver al seno de los míos, cuando de antemano conozco los múltiples motivos de desaliento y pesar que afectan al conglomerado de amigos y conocidos a quienes me unen fuertes lazos de amistad y cariño. Pesares y desalientos que también son míos y que se unen al doloroso fardo que vengo arrastrando desde la ciudad de hierro y ladrillos en busca de mitigar, junto a mi familia, el agridulce sabor de las incesantes lagrimas que no han dejado de brotar, desde la partida de mi Madre.

Tiempo habrá, para el reencuentro. Para compartir experiencias. Para pasar balance a ésto que llamamos vida.

Mientras eso llega, quiero hacerles saber, así calladito, que estoy de vuelta en la Patria de mis amores y desconsuelos. De mis desvaríos y pesadillas. La que persigue mis sueños y me hace despertar en las madrugadas, buscando, vanamente, un sol radiante en el cielo encumbrado de neblinas y azotado por las implacables tormentas de nieve, que caracteriza las temporadas de invierno, en Nueva York.

Vuestro cariño y apoyo, al igual que el de quienes me acompañaron allá, me permitió mantener el espíritu en alto y afrontar con entereza la sensible pérdida. Guardo sus reconfortantes palabras y sus múltiples mensajes en el lugar más recóndito del corazón. Palabras llenas de amor fraternal en las que sobresale la sabiduría y la templanza de quienes han sobrellevado, antes, los mismos penares.

Las palabras de aliento de Doña Nina Miolán, Alice Marie Mañón y la inmensa Arlette Fernández, entre otras muchas, constituyeron, sin lugar a dudas, poderosas llamaradas que iluminaron la noche oscura de mi desolación. El agradecimiento a estas bujías inspiradoras será eterno, tal y como ha sido el cariño que les profeso, desde que las conocí.

La vida sigue su curso. Caprichoso e irreversible podría parecer a veces. Sin embargo, todo obra acorde a los designios del Creador. Por todo ello, mientras nos llegue la hora, vayamos por el mundo repartiendo amor y comprensión a manos llenas, y, por sobre todo, hagamos de cada día un motivo y una obra de bien para ser recordados con aprecio por quienes nos sobrevivan.

Que así sea.

Santo Domingo, Marzo 15, 2016.

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