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El obstinado ascenso de la razón 3-3




POR GERARDO JAVIER CASTILLO – Catedrático. Reside en Santo Domingo.

Hipócrates (460 A.C– 370 A.C.)

Hipócrates, como Tales, tenía una manera distinta de ver las cosas. Tales, ya lo sabemos, buscó y encontró la explicación de los fenómenos fuera de la tradición religiosa. Se le atribuye la creación del logos. Hipócrates, que probablemente escuchó de Tales y que, incluso, estudió en los mismos países, eludió tratar de curar a sus pacientes expulsando al demonio que le enfermaba. En su lugar, prefirió ocuparse del cuerpo y ser indiferente al demonio. Asimov comenta que esa actitud era nueva entre los griegos, pero era lo clásico entre los médicos babilonios y egipcios. «Pero es la obra de Hipócrates la que ha sobrevivido y su nombre el que se recuerda» (99).

Según destaca Isaac Asimov, entre las aportaciones de Hipócrates a la medicina se destaca la concepción holística del cuerpo humano, la importancia que se le atribuyó a la observación de los síntomas «y la toma en consideración del historial clínico de los enfermos» (p.96). El progreso general de la ciencia médica demuestra la certeza de estos aspectos que distinguen la medicina hipocrática. Los aportes de Hipócrates le han merecido el título de Padre de la Medicina, pero dice Asimov que también se ganó el título de Padre de la Biología (p.101). Sin embargo, es en el campo de la ética donde probablemente encontremos su mayor legado. Sin temor a equivocarme, el conocido juramento hipocrático es el que sirvió de modelo a «las éticas» que surgirían después en las diferentes áreas de la ciencia.

La ética es la rama de la filosofía que estudia la conducta. La ética se diferencia de la psicología en que solo se ocupa del aspecto moral del comportamiento humano, es decir, de si el comportamiento es bueno o malo; de cómo afectan nuestros actos la vida de los demás. En ese sentido, es pertinente que se cuestione respecto al aspecto ético de la actividad científica, en tanto es una actividad de naturaleza humana y puede caer tanto en el territorio del bien como del mal, como lo evidencian los ejemplos que citan Arellano, Hall y Hernández (2014). De manera que, las palabras de Hipócrates: “Primum non nocere”, tienen la misma pertinencia que hace 2,500 años, por lo que es correcto esperar que la persona que se dedica a la investigación científica deba ser humilde, moderada, sobria y austera, pues debe proteger a las personas a toda costa (Ojeda, Quintero y Machado, 2007).

La psicología me ha ayudado a entender, hasta cierto punto, que tal como un síndrome o un trastorno se toma su tiempo para instalarse, también exige un tiempo determinado para que se pueda revertir el proceso y volver a disfrutar de un estado óptimo de salud mental. El asunto es análogo a aprender y desaprender. Lo mismo ocurre con la humanidad y la utilidad del mito para proveerse explicaciones suficientes de los fenómenos naturales y sociales y alcanzar un grado de relajamiento y estabilidad suficientes para seguir adelante. Al pensarlo de esa manera creo entender la persistencia de la presencia del mito en nuestra vida cotidiana, a pesar de la obstinación de la razón por salir adelante.




La analogía de la que parto al concluir podría resultar engañosa, pues, por lo regular, las personas tenemos salud y la perdemos. En el caso de la humanidad, antes de que las explicaciones racionales entraran en escena y el discurso científico se ganara su espacio, reinó el imperio de lo mágico. De manera que desplazar las estructuras psicológicas que le permitieron a la humanidad sobrevivir y prosperar durante miles de años es una tarea titánica. Y sin embargo, como diría el Quijote de la Mancha: «Avanzamos, ladran los perros». Y en ese sentido, lo que nos ofrece el libro de Isaac Asimov es una primera aproximación a la historia del conocimiento científico en occidente, una antología que registra, a través de más de dos mil años, la lucha de la razón contra la sinrazón de la barbarie, el registro de los triunfos que se encadenaron y nos han permitido asistir al punto más alto de prosperidad de la cultura humana. Lo anterior es cierto. Y sin embargo, también es cierto que el progreso científico ha permitido a ciertos hombres colocarnos, como nunca antes en la historia de la humanidad, al borde de la extinción. Por tal razón, elegí comentar a Hipócrates, pues, aunque parece romper la continuidad relativa que se puede establecer entre los cuatro científicos que le precedieron, es él quien plantó la cuestión de la ética en el quehacer científico y es el apego a una ética que trascienda los intereses políticos y económicos lo que, a la larga, nos podría salvar de la extinción que nos amenaza.

La lectura de Grandes ideas de la ciencia, del científico y escritor norteamericano Isaac Asimov, me deparó innumerables satisfacciones. También admití desde el principio que me reavivó una inquietud: el temor de que el ascenso de la razón manifestado en el progreso científico se haya convertido en la espada que cuelga sobre nuestras cabezas.

Referencias

Arellano, José; Hall, Robert y Hernández, Jorge (2014). Ética de la investigación científica. Universidad Autónoma de Quintero, Querétaro, México.

Asimov, Isaac (1983). Grandes ideas de la ciencia. Alianza. Madrid, España. Recuperado 25/01/2022 8:45 P.M. de www.librosmaravillosos.com

Castillo, Gerardo (2015). «Cantata de invierno en primavera: Civilización y barbarie», en SabanetaSR, recuperado 01/02/2022 11:30 P.M. de http://www.sabanetasr.com

Cortázar, Julio (1998). Rayuela, Cátedra, Madrid, España.

García, Bartolo (2018). El discurso científico. Teoría y aplicación. Surco, Santo Domingo, República Dominicana.

Ojeda, Juana; Quintero, Johanna y Machado, Eneida (2007). “La ética en la investigación”, Telos, Revista de estudios interdisciplinarios en Ciencias Sociales. Universidad Rafael Belloso Chacín. ISSN 1317-0570 Vol. 9(2):345-357, 2007.

Ruíz, Sophie (2017). Reseña: Grandes ideas de la ciencia, Isaac Asimov. Recuperado 30/01/2022 en https://lecuracientifica.wordpress.com/2017/01/13/resena-grandes-ideas-de-la-ciencia-isaac-asimov/




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