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El obstinado ascenso de la razón 2-3




POR GERARDO JAVIER CASTILLO – Catedrático. Reside en Santo Domingo.

Arquímedes (298 A.C. – 212 A.C.)

Discurría el año 212 a. C. y los romanos tomaban por asalto a Siracusa. Arquímedes, quien alguna vez peleó con éxito contra los romanos usando las catapultas inventadas en el s. IV a. C. por los ingenieros que trabajaron al servicio del tirano Dionisio de Siracusa, ajeno a la batalla, se encontraba absorto en los detalles de un problema que había diagramado en la arena y que procuraba resolver. La soldadesca irrumpió en el patio y Arquímedes quizá advirtió al soldado más próximo: ¡Por favor, no pises los diagramas! La tradición sostiene que el soldado le mató en el acto. (…) El hombre que había inventado la palanca, el tornillo sin fin, el tornillo elevador de agua, la rueda dentada, la balanza hidrostática y otros instrumentos para el progreso de los hombres moría ante un problema sin resolver a manos de alguien que solo sabía destruir. (Castillo, 2015).

El obstinado ascenso de la razón 1-3

Al releer el texto que cito, con frecuencia me pregunto: ¿Por qué no estaba Arquímedes en la batalla? ¿Por qué le dio la espalda a la guerra? Sé que mis conjeturas parecen no llevarme a ninguna parte. Sin embargo, me reconforta imaginar que Arquímedes alcanzó a entender que la guerra no es el camino que debemos seguir.

La vida está atravesada por la paradoja: Tales se zafó del mito, a pesar de que fue instruido por religiosos babilonios y egipcios; Pitágoras fue su alumno y no pudo librarse del todo y, en general, como Arquímedes, quienes crean el conocimiento están subordinados a las diferentes formas que adopta el poder, que no puede prescindir del uso irracional de la fuerza. Arquímedes tal vez reflexionó sobre este asunto y tomó su decisión. La historia registra que, gracias a su perspicacia y dedicación, logró realizar aplicaciones prácticas de las matemáticas griegas, que hasta su singular irrupción en el panorama, habían conservado un carácter exclusivamente teórico. De manera que, trascendiendo las contradicciones que suelen enfrentar los hombres y mujeres de ciencia con el aspecto ético de su trabajo, Arquímedes se alejó de la guerra. Y a pesar de que la guerra llamó a su puerta y le arrebató de la vida, su contribución al desarrollo de la ciencia es extraordinaria. Tal como hiciere Pitágoras con las cuerdas, Arquímedes diseñó experimentos con la palanca. Y al relacionar sus reflexiones con algunos axiomas, dedujo el camino hacia una nueva rama de la ciencia. Asimov lo consigna de la manera siguiente: «De un solo golpe había inaugurado la matemática aplicada y fundado la ciencia de la mecánica, encendiendo así la mecha de una revolución científica que explotaría dieciocho siglos más tarde» (p.28).




Galileo Galilei (1564–1642)

El registro histórico, hasta donde conozco, no consigna que los griegos persiguiesen y condenasen a Tales de Mileto por haber puesto los dioses a un lado. Ni a Tales ni a ningún otro. Pareciera que la tolerancia de la disidencia es una virtud pagana. Ocurre, sin embargo, que la historia registra con detalles lo opuesto: quienes a sí mismos se asignan como representantes del dios cristiano, durante más de ochocientos años persiguieron lo que ellos denominaron la herejía. Una de las consecuencias de esa prolongada persecución de la diferencia fue convertir a Galileo Galilei en una especie de mártir, lo que le hizo uno de los científicos más famosos y admirados. Y parejamente, uno de los científicos más divulgados, lo que repercutiría en el afianzamiento del método científico.

A Galileo Galilei le interesaba la ciencia. Y como suelen hacer los hombres de ciencia, procuraba encajar socialmente, vivir de forma discreta. Por eso tenía amigos políticos y religiosos y asistía a la iglesia. Y en efecto, una noche durante la que el viento soplaba con cierta intensidad y recurrencia, el péndulo del candelabro que iluminaba el recinto le salvó del hastío y abrió la puerta a la serie de experimentos que le llevarían a descubrir el principio del péndulo, que años más tarde sería la base para mejorar la medición del tiempo con la invención del reloj de péndulo. Y en consecuencia, vendría a mejorar significativamente los posteriores experimentos. Pero había conseguido algo más que eso, consigna Isaac Asimov: «hincar el diente a un problema que había traído de cabeza a los científicos durante dos mil años: el problema de los objetos en movimiento» (p.36). Y apenas contaba con diecisiete años.

Años más tarde, Galileo volvió a experimentar con el movimiento. Para ello diseñó un experimento que le permitió ralentizar el desplazamiento de bolas de madera a través de una ranura bien pulida en una plataforma de madera en posición inclinada. Así, con un experimento sencillo, cuidadosas anotaciones y el auxilio de las matemáticas, logró calcular la aceleración de la caída de los cuerpos. En lo adelante, la ciencia sería diferente. Al registrar minuciosamente sus procedimientos y escribir y publicar sus hallazgos y sus teorías, Galileo Galilei había completado los pasos o elementos constitutivos de lo que hasta hoy aceptamos como el Método Científico. Pero como escribiría Isaac Asimov, hizo mucho más que eso: abrió la puerta a lo que luego conoceríamos como falsación, que viene a ser la cereza en el pastel.




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