El galanteo y sus derivados beneficiosos

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Sergio Lantigua colaborador 2013
Por Sergio H. Lantígua
«Todos sabemos mucho menos de lo que realmente creíamos, cuando se trata de descodificar el taimado recreo del amor«. Esa es una de las aplastantes conclusiones a la que se colige, al psicoanalizar las relaciones humanas en el contexto amatorio.

Qué tanto conocemos de cómo habrá de corresponder la mujer a los requerimientos amorosos de un hombre, y viceversa? Sabe usted concluyentemente, como extirparse una pasión enfermiza? O cómo catequizar a su intransigente pareja para que acceda espontáneamente a sus requerimientos hostigosos?

Tendríamos entonces que admitir, por lo impredecible del predicado, que solo se puede conjeturar la resultancia.

 

Para las mujeres, la astucia atrayente es instintiva, por ende, en la mayoría de las veces, no pueden precisar como lo hacen, porque mayoristas, emplean la técnica maquinal o afónica para sus conquistas. A pesar de que durante la fase del enamoramiento, usufructuan particularidades antitéticas.

 

Los primeros estudios e investigaciones, acerca de la comunicación no-verbal, fueron hechos por sapientes en la quinesia (trastorno orgánico o vértigo) donde lograron documentar «que el amor transforma a las personas involucradas en el subyugante empeño».

 

Las transfiguraciones en la mujer, se manifiestan, cuando esta transmuta súbitamente, su atractivo, respondiendo al estímulo emocional de la atracción sexual, pués desencadena variantes sutíles en su organismo. Definido como un fenómeno sibilino. En parte, ésta disposición, se debe a la inflexión muscular de la pelvis, estimulada por un dejo erótico…sugestivo… avizor.

 

Así se puede acotar que en el rostro femenino, las arrugas, que normalmente están muy marcadas, tienden a desvanecerse, del mismo modo, las bolsas debajo de los ojos. La mirada se les torna brillante, la piel se sonroja o transforma su genotipo en un color pálido, y el labio inferior se torna más pronunciado. Algunas mujeres afirman que se modifica la textura de su cabello.

 

En el sexo masculino, se manifiesta la metamorfosis en aquellos individuos que generalmente, al caminar, asumen una postura desgarbada, y que ora andan erectos, los que aguantan la respiración para disimular el vientre prominente, y que ahora hacen ejercicio diario.

 

Las parejas en pleno galanteo, suele ocuparse de su profilaxis y acicalamiento; la mujeres juguetean con el cabello o se acomodan repetidas veces la ropa durante los encuentros, y los hombres, se pasan la mano por el cabello, se enderezan la corbata y se suben el pantalón, indeliberadamente, hasta el ombligo.

 

Las caricias diferidas o subrogadas, forman parte de ese delicioso conflicto que se interpone entre el deseo de tocar y la suspicacia de que tal vez sea un ademán impertinente.

 

A medida que avanza el proceso, las señales intercambiadas se vuelven más obvias, atrevidas y oportunistas; roces al descuido, miradas prolongadas, risas neuróticas, insinuaciones provocantes y caricias enervantes.

 

Entonces, es admisible, como prosopopeya engatusadora, el que una mujer pase suavemente los dedos por el borde de una copa y con mohín voluptuoso se los lleve a los labios o dibuje imaginarias figuras sobre el mantel y que otras veces, adopte poses provocativas, como cruzar las piernas, dejando entrever parte del muslo; se apoye las manos en la cadera, y que enarbole en ademán desafiante el busto, o que pretenda estar ausente y se acaricie el muslo o la muñeca. Pero quizás el ideograma más significativo de su arsenal embrujador, sea el mostrar la palma de la mano; según los eruditos.

 

Para las mujeres, el galanteo aborta dos elementos diferentes. En primer lugar, muestra su «sexualidad «para atraer al hombre», y luego lo tranquiliza, mediante un comportamiento ingenuo, mirada tímida, la cabeza inclinada hacia un lado, y gestos suaves como las de un bebé desvalido.

 

El hombre a su vez, trata de demostrar su masculinidad, parándose con el pecho erguido, gesticulando agresivamente para luego tanquilizar a su pareja con gestos infantiles o de felino domesticado, y a la misma vez, se vuelve atento, eufórico, suaviza sus ademanes para tratar de mejorar su proyección personal.

 

El comportamiento humano, durante el galanteo, tiene ciertos rasgos característicos que también atañen a los animales; aunque en este caso particular, involucra el riesgo de que el macho se exponga a un ataque agresivo, si la hembra no está en ánimos de recibirlo. Opuesto a cuando es esta, la que toma la iniciativa.

 

Todo esta artesanía de estrategias y señales de humo pueden ser a veces hasta prejudiciales y engorrosas, si le endilgamos una importancia aberrante, porque en algunas situaciones se emiten o proyectan estos ademanes convidantes, como un fatuo pasatiempo, vacuo y travieso.

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