El Canasto de Carbón

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Por: Julio César Rodríguez.
El abuelo, sentado en la cocina, leía su vieja Biblia, las páginas arrugadas y llenas de notas.
El nieto quería ser como el abuelo, y lo imitaba, pero un día le dijo:
«He tratado de leer la Biblia. Me doy cuenta que me gusta,
pero no la entiendo, y lo poco que entiendo se me olvida rápidamente.

¿De qué me sirve leer la Biblia?»
El abuelo dejó de echar carbón en la vieja estufa y le dijo:
«Termina tú de echar ese carbón, luego vete con el canasto al río y tráemelo lleno de agua.»
Así lo hizo el muchacho, aunque toda el agua se salió del canasto antes que pudiera llegar a la casa.
«Bueno, mi hijo» -le dijo el abuelo sonriendo-«vuelve al río,
pero esta vez tendrás que moverte más rápidamente para poder traerme el canasto lleno de agua».
«Abuelo, es imposible cargar agua en un canasto,» y fue a buscar un balde.
«No, no, no te he pedido un balde de agua.
Lo que quiero es un canasto de agua. Estoy seguro que podrás lograrlo.
Para mí que no estás haciendo el esfuerzo necesario.»
Ya en este momento, el muchacho sabía que no iba a poder hacer lo que le pedía el abuelo, pero quería demostrarle que por mucho que corriera, el agua siempre se iba a salir antes de llegar a la casa.
Y efectivamente así mismo fue.
«¡Mira abuelo, es inútil!» le dijo sin apenas poder respirar.
«¿Por qué piensas que es inútil? Mira bien el canasto.»
Así lo hizo. Comprendió que el canasto ya no era el mismo.
Había cambiado radicalmente. En lugar de un viejo canasto carbonero sucio y tintado de negro,
el canasto estaba limpio, casi parecía nuevo.
«Hijo –dijo el abuelo–, esto es lo que sucede cuando lees la Biblia.
Tal vez no entiendas ni recuerdes todo lo que has leído,
pero tan sólo con leerla tu interior cambia.»

Gracias a Narciso Reyes.

Foto: FE

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