Profesor Expedito Zapata.
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Domingo de Sombras y Recuerdos

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POR: EXPEDITO ZAPATA – Educador/Comunicador. Reside en Santiago Rodríguez.

Era domingo temprano cuando salí tomado de la mano recia de Papá. El sol aún no se arriesgaba a aparecer. El aire olía a tierra húmeda y café recién colado. Apenas habíamos caminado un poco cuando una figura diminuta, vestida de blanco y con ruidosa sonrisa, nos saludó de forma estruendosa.

—¡Buen día! —gritó. 

Ya la conocía: Era Mila La Pinea, hermana de Julián Peineta, aquel señor que siempre andaba con una larga soga con la que amarraba los burros sueltos en la calle. Mila comentó que venía rápido de la iglesia porque su novio Diligencia hacía rato la esperaba. Retomó su dificultoso caminar al notar la presencia sonriente y burlona de Ignacio El Loco.

Este, con una pistola de juguete al cinto, utilizaba su dedo índice para tildar de loca a su odiada vecina.

Entre saludos y risas seguimos caminando y cruzamos la cañada de Melba, donde el agua se deslizaba entre piedras brillantes. Don Prietico nos saludó desde un rincón, mientras yo seguía aferrado a la recia mano de Papá.

Llegamos al mercado, y quedé maravillado con la cantidad de burros, caballos, personas y productos que allí había.

—¿Cómo está mi compadre Pimpe? —dijo un señor detrás del mostrador de un colmado. 

—Es mi compadre Andrés Jiménez —me explicó Papá—, padrino de tu hermano José Manuel.

De repente, el ambiente cambió. Un hombre gordo y mal vestido comenzó a gritar, lanzando insultos con rabia. Agitaba con fuerza su brazo derecho mientras sostenía con el otro un macuto sucio y vacío. Me aferré a la cintura de Papá y sentí en mi cara el roce frío de algo metálico escondido bajo su correa.

—Es Suco —me dijo Papá con calma—. Está guapo con Juan Bonilla, que le amenaza con hablarle a Valerio para que lo cancelen del ayuntamiento por vago. 

El hombre seguía vociferando, mirando al suelo como si buscara algo, mientras Papá me alejaba de allí apresuradamente, solo para encontrarnos con una señora que, cafetera en mano y una hermosa cabellera blanca, acusaba de ladrón a otro que silbaba tranquila y burlonamente detrás de una batea de chicharrones.

Cruzamos la calle esquivando a varios hombres que pregonaban muchos papeles enumerados cuyas cifras algunos leían en voz alta. Entre ellos solo conocí al Rubio, quien era padre de mi primo Tancredo.

Atravesamos la calle y Papá saludó con entusiasmo a una señora a la que llamó Prima Blanca.

En su patio, bajo una frondosa mata de mango, cuatro hombres discutían ruidosamente. Golpeaban con fuerza la pequeña mesa que los reunía mientras acomodaban unos diminutos cuadros blancos con puntos negros que cada uno trataba de ocultar del otro.

Seguimos caminando hasta una gran casa con una vidriera repleta de juguetes y ropas coloridas. Me quedé encantado mirando. Dentro, una señora rubia y sonriente, que parecía una muñeca, acomodaba vestidos y luces a un Santa Claus que giraba al compás de música navideña.

—Esa es Doña Fidelina —dijo alguien dentro del local. 

Más adelante, Papá señaló a un hombre corpulento que, recostado de un carro reluciente, conversaba animadamente con otros dos.

—Ese, antes era un jefe y ahora es dueño de la farmacia Lora, donde te compré la Emulsión de Scott que te arrancó la gripe del pecho —me explicó—. El prieto es José Blas, jefe de la Manisera Lavador; y el otro es Eligio González, hermano de Tronco, el que nos visita siempre. 

Al doblar la esquina, Papá señaló otra calle:

—Para allá es La Joya, donde vive Piringo y el Sordo, el que cargó la arena a la vecina Heroína con los burros. 

Saludamos a América, su amiga, que estaba sentada en la galería de una amplia casa de madera y zinc. Yo me adelanté un poco y vi a una señora hermosa, de ojos claros y piel limpia: era Doña Argelia, de quien tanto había oído hablar. Recordé que en su tienda Mamá había comprado mi libro de lectura Coquito. Había juguetes y muchos libros más que la prisa de Papá no me permitió mirar con detenimiento.

Seguimos hacia donde, según él, estaban el Parque, la Iglesia y el Liceo. Al llegar al cruce de calles, un ruido ensordecedor nos envolvió. Venía de dos locales, uno frente al otro.

—Son bares —me explicó—. Este es El Centro y aquel, El Cerezo, donde la gente bebe y baila. 

En frente, papá me mostró una destartalada estructura de madera.

—Ahí se sientan las personas a ver jugar a los estudiantes del liceo, que es aquella casa blanca y alta que ves allá. 

Continuamos nuestro camino y, frente al parque, vimos una hermosa casa en la cual descansaba un señor blanco y de buena presencia, rodeado de abejas que zumbaban entre los setos, sin que él ni la niña rubia que le acompañaba se preocuparan. Levantó una mano para saludar a mi padre, que respondió con el mismo gesto.

Al cruzar el parque nos encontramos con un señor que caminaba tambaleándose. Llevaba una botella en la mano, a la cual parecía cuidar como costoso tesoro, mientras maldecía a alguien que, al parecer, solo él veía.

—Es Cabo Largo —dijo Papá—. Siempre anda igual. 

Nos detuvimos frente a una gran casa de concreto, blanca y bien cuidada. Él se quedó mirando en silencio, pasándose las manos por la cara y el pecho, mientras murmuraba como si recordara algo lejano.

Luego tomó mi dedo pulgar derecho y, sin que yo entendiera nada, hizo sobre mi frente los mismos gestos.

Tomamos una esquina y nos encontramos con un señor alto, con saco y corbata impecables, de caminar cuidadoso, que saludó a Papá con voz grave y recia.

—Es César, el abogado —me comentó en voz baja. 

A poca distancia nos detuvimos con dos hombres que Papá saludó animadamente. Uno era Don Viro Bueno y al otro escuché que le llamaba Don Mérido.

Nos alejamos, y desde el hospital, que le apartaba una vieja empalizada de madera, vimos salir a Altagracia, la enfermera. Llevaba su gastada bata blanca colgada del brazo al tiempo que se despedía del conocido Don Carlos Estévez, portero y que era amigo de mi familia.

Ya cerca de mi barrio Bolsillo, pude ver a dos hombres que hablaban desde lados opuestos de la calle. Uno, vestido de gris, hablaba con fuerza, refiriéndose a alguien como criminal, rastrero y vende patria. El más blanco solo sonreía, sereno.

Papá levantó una mano para saludar, y ellos hicieron lo mismo.

—Ese es Pedro José —me dijo luego—. Nunca ha querido saber de Balaguer, pero los reformistas lo respetan mucho. El otro es Penco, el del negocio. 

Cuando ya estábamos por llegar a casa, un ruido terrible sacudió mi cabeza.  Salté de la cama sobresaltado y escuché la voz de Mamá:

—¡Es el mismo Tíguere de anoche! Ese malvado va a hacer que las alas del corazón se le caigan a uno, con ese tiesto de motor. 

Entonces entendí que todo había sido un sueño. O quizás un recuerdo que todavía caminaba conmigo.

Afuera, el domingo seguía naciendo. La luz se filtraba por la ventana, dorando el silencio del cuarto. Creí ver a Papá, erguido, con su sombrero y su paso sereno, esperándome en la esquina del recuerdo.

Los rostros de todos ellos — Mila, Suco, América, el compadre Andrés, el Sordo, César, Don Mérido, Altagracia, Pedro José, Penco, — parecieron volver por un instante, como sombras dulces que no se resignan al olvido. Sentí el rumor de la cañada, el bullicio del mercado, la voz firme de Papá marcando el paso.

Más del autor: Comunicación ética y dignidad en Santiago Rodríguez

Y supe, con la certeza que solo deja la infancia, que ninguno de ellos se había ido del todo.

Que todavía viven, caminando despacio en las calles del sueño, donde siempre es domingo…

Y aun brilla, cálida y fuerte, las manos recias de papá.

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