Cuentos de mi padre
Por: Sergio H. Lantígua
Esto fué una anécdota que me contara mi padre hacen como 63 años atrás, para cuando tenía la edad de la imprudencia . Una antología de entre sus aventuras gambusinas en procura de ese codiciado y preciado metal – el oro.
Me describía detalladamente, sus desplazamientos al Vallecito, zona ubérrima y recóndita, enclaustrada en el refajo de la cordillera central. Decía, que las condiciones existentes, eran tan precarias por aquellos contornos, que para dormir tuvieron que ingeniárselas fabricando barbacoas (camas hechas con cuatro palos conformando un bastidor, y otros cuatro fungiendo de patas y acolchonarlas con hojas de matas de plátano).
Narraba, que debían apertrecharse de mercancías en Sabaneta, antes de partir con destino al citado lugar entre ellas: alimentos y artículos medicinales, yodo, gazas, etc. para subsistir durante el tiempo dispensado en esa, casi inaccesible comarca, ya que no existían bodegas o pulperías en las inmediaciones para la época y que después con el tiempo apareció un señor quien instalara un ventorrillo tan pequeño que solo exhibía dos o tres productos en sus tramos.
Todos estos periplos tenían que ser hechos a caballo o en burro, pués los caminos eran vecinales, plagados de pendientes y despeñaderos, en ciertos tramos, tan rústicos que esto les hacía casi intransitables y que por motivo de los empeñosos aguaceros, se tornaban aún más peligrosos. Que como las noches eran tan frías llegando casi al punto de congelamiento, tenían que hacer fogatas con leña de la madera del pino que ardía como cuaba, sentándose a su alrededor antes de irse a dormir, alternando para mantenerla espabilada toda la noche, debido a que cada vez que despertaban temblando del frío, tenían que salir a recalentarse.
Continuaba diciendo que en uno de esas expediciones a la sierra, se le desarrolló un dolor de muelas tan y tan exagerado que en su desesperación y ante la disyuntiva de tener que hacer el tortuoso viaje de regreso al pueblo, optó por servirse de un alicate regular que acarreara entre las pocas herramientas que pudiesen precisar para cualesquier contingencia, y se extrajo la muela él mismo sin anestesia, mirándose en un espejo pequeño que utilizaba para peinarse y afeitarse. Esto pude corroborarlo años más tarde con mi tío Roque (Lengua ‘e Vaca,) quién era su adlátere en la procura del precioso metal y que por ende, presenciara la singular peripecia. Al término de su recontamiento, yo me decía «hay que ser intrépido o estar bien desesperado para ejecutar una maniobra homóloga». Empero, a veces debemos claudicar a la faceta realista de la vida, aferente a que la necesidad a veces tiene cara de hereje y nos propulsa a cometer hechos impensados.
Previo a que el tío me aseverara la veracidad del cuento, cada vez que me lo reiteraba, establecía un monólogo con mis adentros y con respeto silente murmuraba » Está bien papá, pero no se acostumbre».
Cuando mi padre me comentaba acerca de lo prolífero que era el apetecible metal en ese paraje, se le deslumbraba la mirada, pués aseguraba era tan abundoso, que en ocasiones y durante la caída de esos torrenciales aguaceros, ellos, salían a recoger pepitas del tamaño de granos de maíz que emergían del subsuelo, cuando los chorros de agua semejando cascadas, emanados de los aleros del bohío, hoyaban la tierra dejándolos a la intemperie.
Estos viajes según él, duraban meses mientras extraían y acumulaban el precioso metal que vendían a un señor quien viajaba específicamente de Sabaneta con el propósito de comprarlo llamado Chuchito Ferdinard, padre de un íntimo amigo suyo Hugo Ferdinard. Explicaba, que éste señor antes de llegar al área donde ellos estaban laborando, se posicionaba en una loma y disparaba con su revólver tres veces al aire, como contraseña para que ellos abandonaran el monte y se reuniesen con él.
Para darles una pequeña idea de la disparidad entre el precio que se pagaba en aquellos años por un gramo de oro el que era de $0.60 centavos y la onza a $180.00 pesos; en el vigente una onza vale $1,200 dólares. Con lo cual no pretendo provocar una estampida masiva entre mis compueblanos hacia la sierra en busca de oro. Además, y según él, era un trabajo arriesgado porque muchos excavadores novicios quedaron sepultados, como consecuencia de su obcecación y angurria horadando las montañas en forma horizontal sin apuntalar los túneles con trozos de madera lo que por consecuencia causaba el desrrumbe, quedando atrapados en sus propios socavónes; el hoyo más estable, según manifestaba, era el cavado vertical tipo letrina.
Esta narrativa retroactiva; historias íntimas que me hiciese mi padre en mis años de párvulo, conjuntamente con los apólogos de Pedro Animal, Juan Bobo, Pepito y sus inocencias entre otros, adosaron y configuraron facetas de mi crecimiento y fueron utilizadas como implementos para entramar ésta demarcada metáfora
SERRANA
Serrana que fuiste injertada al paisanaje montañoso del Vallecito hechizante
Habráse mortal que te aguaite y de tu belleza no quede sempiterno prendado?
Mujer de tez alabastrina ojos como luciérnagas y pecho altivo como la Anacaona
Ignota de embelecos ahita de sueños fantaseando amar al despunte de la aurora
El jubiloso eco de tu risa se confunde con el murmullo de arroyuelos serpentinos
Y el fulgor de tus ojos se prendió a tus cachetes plagiando el arrebol de la serranía
Eres soltera como el céfiro y tu indomesticada mirada nunca reflejó la melancolía
La madre naturaleza te endonó su misericordia y esculpió tu cuerpo en cordillera
Con tu perfumado aliento se desadormece el rocío montañero todas las mañanas
Entre mis sueños postergados mi adorada serrana se desperezan viejos recuerdos
Apresurados desandan huellas saturadas de evocos ocultos en el fondo de mi alma
Enardeciendo aletargados deseos y cual tu negro pelo tornas de oscuro mis sueños
Y desperté pensando que como el arroyo mi linda serrana pude haber sido tu dueño