Conversaciones en el lago. Narraciones filosóficas, del Dr. Andrés Merejo

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Gerardo Castillo Javier
Por Gerardo Castillo Javier

Walt Whitman, el singular poeta norteamericano, inició su libro Hojas de hierba con una declaración que hubiese hecho reír de gozo a Epicuro:

Yo me celebro y yo me canto
Y todo cuanto es mío también es tuyo
porque no hay una átomo de mi cuerpo que no te pertenezca

De manera análoga, es ese canto primordial y humano lo que me agrada del libro Conversaciones en el lago. Narraciones filosóficas (2007) del filósofo dominicano Andrés Merejo, pues aunque la cultura occidental rinde culto al hedonismo, al mismo tiempo finge negar sus signos cuando conducen fuera del control de los intereses del mercado, cuando marcan el camino de la libertad.

Conversaciones en el lago coloca al lector ante la pertinencia de asumir una postura crítica y ética ante la vida. Y nos ofrece más. El libro es una aproximación a la cultura dominicana, a su filosofía, a sus figuras más importantes. Es, además, una síntesis de la historia de la filosofía.

En el título no puedo eludir, como me ocurre con el amargo en el olor intenso y penetrante de las almendras y las guayabas maduras, una reminiscencia del libro más conocido de Platón. Sin embargo, la defensa que hace el Dr. Merejo del hedonismo me obliga a considerarle un detractor de la postura platónica, según la cual el sistema social perfecto habría de condenar al ostracismo al poeta, lo que equivale a negar la filosofía, y por tanto, la vida misma.

Y es que para Andrés Merejo, lo mismo que para Octavio Paz (La llama doble: Amor y erotismo, 1995), el hedonismo es el camino al amor y en consecuencia, a la libertad. Paz lo dice con otras palabras: «Hace muchos años escribí: el amor es un sacrificio sin virtud; hoy diría: el amor es una apuesta, insensata, por la libertad. No la mía, la ajena» (p.60).

La tradición judeocristiana ha convertido el hedonismo en una especie de cosa abominable. Sin embargo, la cotidianidad, la misma naturaleza humana desmiente esta postura extrema y acartonada. Y lo hace de la manera más cómica, pues la abstinencia, la renuncia al placer deviene en una forma de placer, probablemente más adictivo por sus implicaciones sociales y psicológicas.

Por eso, resulta grato el que, en su libro Conversaciones en el lago, el filósofo dominicano Andrés Merejo aborde la temática de manera tan explícita y clara. Y lo que me resulta más agradable de la aproximación que realiza el Dr. Merejo es la trascendencia que se le reconoce al tema: «A la muerte la hemos vencido, ya que estamos vivos y si estamos vivos le hemos dicho que se paralice en ese momento, aunque esto sea temporal, pasajero» (p. 15). Y es que no puede ser de otra manera pues como sostiene el autor: « (…) no somos sujetos para el morir, sino para el vivir». Y en efecto, nadie puede obrar desde la tristeza, pues esta reduce al mínimo nuestra vitalidad. De manera que nuestra posibilidad de acción se potencia en la misma medida en que nos sabemos con derecho al goce y lo asumimos plenamente.

Otro asunto de indiscutible relevancia que toca nuestro filósofo es la relatividad de lo bueno y de lo malo. No sin antes aclarar que tanto el bien como el mal no son más que nociones. La importancia de esto reside en que al entender que ni el bien ni el mal controlan nuestras vidas estas quedan bajo nuestra responsabilidad, por lo que nuestra felicidad dependerá únicamente de nosotros mismos (Ver p.16). Por lo que más adelante sostiene: «Es por eso que para hablar de una felicidad en el vivir, tiene que pasarse por una meditación filosófica, esto es, en cuanto a conocerse y cuidarse uno mismo».

En procura de fortalecer sus argumentos a favor del hedonismo se apoya en la propuesta que hiciera Epicuro y que la tradición religiosa se ha dedicado a tergiversar, pues se enseña que los epicureistas se dedicaban al placer de manera desenfrenada y en clara oposición al espíritu estoico. Sin embargo, la realidad sea dicha en honor a la filosofía misma, pues esta busca siempre la verdad. Epicuro nunca propuso ni defendió lo lascivo ni lo concupiscente. Más bien, al defender el origen natural de los deseos también afirmó que entre estas necesidades deben contarse la reflexión y la amistad. Para Epicuro, sostiene el Dr. Merejo, «es un deseo natural pero no necesario darse una exquisita comida o un buen banquete, ya que lo que se da es una variación de placer y no una condición necesaria para la eliminación del dolor con una comida ligera, moderada, sin complicaciones, con eso basta para vivir una vida saludable y placentera»(p.20).

La manera en que el filósofo griego imaginaba el placer lo llevó a límites que yo nunca habría imaginado de no haber leído las Conversaciones en el lago. Epicuro consideraba que no solo sentimos placer a través del cuerpo y de las sensaciones que este nos proporciona. Sostuvo el gran filósofo que «la reflexión y la libertad de saber elegir también forman parte de los placeres naturales y necesarios que conducen a una vida feliz» (p. 21).

Otro de los muchos aspectos que me causaron verdadero deleite y gozo fue el hecho de que el autor no se olvidó de sus raíces. Muy por el contrario, el libro, desde sus inicios, subraya el ser dominicano como un valor agregado y una de las causas que originaron la amistad de la que nace el libro. Esto bien puede ser un recurso tomado de la ficción que usa nuestro autor para imprimirle a su texto la vivacidad, el movimiento que le caracteriza. Sin embargo, sean reales o no las conversaciones con un filósofo español que vive o vivió en Estados Unidos de Norteamérica, la cuestión que deseo resaltar aquí es que el Dr. Merejo, desde el inicio de estas conversaciones puso de relieve el origen dominicano del autor. Y asimismo, se resaltan figuras importantes de nuestra intelectualidad y se subraya la necesidad de que el filosofar dominicano busque su propio camino hacia lo trascendente.

Uno de los personajes que refiere Merejo es Pedro Henríquez Ureña. Sobre él es mucho lo que se podría decir y sin embargo, la mayoría del pueblo dominicano sabe más sobre cualquier deportista o comediante que sobre un hombre que dedicó su vida a la educación y al cultivo del espíritu. Al hablar de Henríquez Ureña se hace énfasis en su valoración del filósofo Spinoza y se subraya el señalamiento con que este concluye su aproximación: «¿Cómo, en un mundo sujeto al determinismo, puede tener valor la elección moral?».

Entrando en otro aspecto del libro, debo admitir que siempre tuve la idea de que la ética era sinónimo de moral. La lectura del libro del Dr. Merejo me ha permitido entender que la ética estudia la moral. Y me ha permitido saber que «la ética nos dice que cada cual construye su vida para su propio bien, lo que implica un sentido de responsabilidad. En la moral opera lo institucional, que colinda con la política, en tanto proyecto colectivo. Ambas, la política y la moral, tienen que vérselas con las obligaciones y sanciones jurídicas o sociales de la colectividad» ( p. 67).

Y aunque el sujeto ético no sacrifica su vida en aras de lo colectivo, no significa que sea indiferente a los problemas sociales. Más allá de eso, el sujeto ético hemos de suponerlo capaz de entender que si bien es cierto que a través de una acción colectiva se pueden garantizar los intereses personales, no siempre los movimientos sociales pueden cumplir con esta prerrogativa del sujeto ético. Por lo tanto, lo prudente es moverse con sabiduría suspicaz en pos de evitar ser utilizado en la realización del proyecto de vida de otros cuyos principios éticos no les impiden sacrificar a los demás.

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