Así conocí a mi sabaneta
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Por el Arq. Ricardo González Quiñones.
Quizás la modernidad sea un sinónimo de comodidad. Pero no cambio mi niñez entre carritos de carreteles, patinetas, los juegos del pañuelo, guataco, los zambullidos en los charcos de Yaguajai, por los nintendos, facebooks, emails y blackberrys.
Éramos inocentes, pero ingeniosos. Anticuados, pero despiertos. Es que visitábamos las bibliotecas, nos gustaba platicar con nuestros abuelos y nos interesábamos más por la naturaleza. Hoy, nuestros adolescentes, salvo honradas excepciones, solo saben usar las teclas de sus teléfonos y su mundo se sumerge en mensajes inanes con los ojos puestos a estos aparatos.
Nuestro mundo se pierde como agua entre los dedos, como el agua de los charcos, como velero en alta mar. En mis tiempos, mi Sabaneta era silbido de candores, rosas vivas y hortensias expuestas. Hoy todo está politizado, está dividido, con fronteras partidarias, reducido adrede en utilizar a los más necesitados en tiempos de engaños.
Nuestras fiestas patronales, estaban teñidas de cultura, de poesía coreada, de un parque limpio, vigilado e iluminado. Hoy los combos, bachatas y regguetoneros han inundado nuestros espacios de esparcimiento, cambiándolo por aquellas semanas culturales, y el parque, el sanitario mayor de la ciudad.
No me hablen entonces de modernidad, si nosotros éramos más limpios, más cultos, más estudiados y menos ortodoxos. Y es que en el fondo de mi corazón, yo prefiero a mi Sabaneta anterior, como la conocí en mi niñez y adolescencia: Un trozo de espacio para deleitar los sentidos, entrelazada entre la Cuna de la Restauración y la hospitalidad de sus gentes.
Hasta pronto, Dios querrá
Ricardo González Quiñones
Sabanetero
