A propósito de Adán y Eva y el ombligo
POR: ESTEBAN A. TORRES MARTE – Escritor. Reside en Santiago Rodríguez
Las civilizaciones antiguas han relacionado su origen con el simbolismo de la tierra (elemento femenino), y la intervención masculina (el factor solar). Estas influencias se vinculan con el elemento de las formas en la naturaleza.
En la antigua Mesopotamia se describe este simbolismo en el relato poético más antiguo de la humanidad: El poema de Gilgamesh, (cuya existencia data del 2000 a.C.). También encontramos esa misma analogía en la civilización egipcia, cuando la divinidad Khnum, asesorada por divinidades menores, creaban a la humanidad al estilo de un torno de alfarero.
En el mundo antiguo de la tradición del Medio-Oriente (La Biblia y el Corán), los primeros seres creados fueron Adán y Eva. Ahora bien, si uno fue hecho de polvo, y la otra de una costilla del primero, entonces no debieron tener ombligo. ¿Son realmente humanos, pues no son originarios de un útero? ¿O, en esencia somos nosotros los que no somos creados a la imagen y semejanza de Dios por tener ombligos y él no?, el problema se agudiza. Si ellos fueron creados a imagen y semejanza de Dios, Yahvé entonces debe de tener ombligo en el caso de que ellos (Adán y Eva lo tuvieran). Si lo tienen, entonces proceden de alguien con útero. Si Dios no tuviera ombligo, y Adán y Eva tampoco, se verificaría el caso de que no somos creados (la humanidad) a su imagen y semejanza, a excepción de Adán y Eva.
A lo largo de la antigüedad medieval, y en pleno Renacimiento se debatieron en los escenarios teológicos estas pertinencias. En el siglo XVII, el escritor sir Thomas Browne, publica el texto, Pseudoxia, or Enquiries into Vulgar and Common Errors (1646). En esta obra el autor quería terminar la polémica iniciada en siglos precedentes. Concluyó que ciertamente no debían (Adán y Eva) tener ombligos. Un siglo más tarde (precisamente en 1752), el doctor Christian Tobías Ephraim Reinhard publicó la obra, Untersuchung der Frage: ob unsere ersten Uraltern, Adam und Eve, einen Nebel gehabt (“Explicación de la pregunta, sobre si nuestros ancestros Adán y Eva tenían ombligo”). El autor concluye que ciertamente no tenían ombligo; y advirtió, a aquellos que sostenían el punto de vista diferente sobre el peligro de difundir ciertas herejías. Lo cierto fue que hubo una cacería de pensadores y divulgadores heterodoxos. Desaparecieron en toda Europa occidental ciertos polemistas. De ellos no había rastro alguno. Todo indica que en pleno siglo del Renacimiento (y aun dominando la Reforma protestante, y con apoyo de éstos mismos) la represión y la mutilación física era la norma vigente. De esto último da testimonio la muerte del médico y científico Miguel Servet.
En 1658, un representante de la Iglesia Anglicana, el irlandés James Ussher (arzobispo, además), en su obra, Anales del Antiguo y Nuevo Testamento, plantea otra tesis anticientífica: sostenía que el mundo fue creado en 4004 (a.C.), exactamente el 22 de octubre, a las ocho de la noche. Lo grave de esto fue que recibió el apoyo de toda la cristiandad europea (incluyendo a los aparentes opuestos: católicos y evangélicos). Pero no solo fue el apoyo de la cristiandad, sino la aprobación de todo el Estado político europeo que vivía un resurgimiento de la cultura y la modernidad. Todo este resurgir moderno basado en la expoliación de las riquezas usurpadas a los aborígenes del llamado “descubrimiento americano”. Este arzobispo (por lo menos) afirmaba que era insoluble el problema del ombligo. Creadores y genios artísticos del occidente europeo no quisieron ser objeto de marginalidad cultural y persecuciones, y se postraron al servicio de los purpurados, sus lacayos y adeptos. Tal es el caso de Miguel Ángel y sus frescos de la Capilla Sixtina, en el Vaticano. Este genio de la pintura y el mural no tuvo reparos en engalanar la “escena de la creación de Adán”, con un sobresaliente ombligo para el hombre y otro para Dios. El autor Horace Walpole en su obra, Anecdotes of Painting (1762 y 1771), aborda la discusión de los pintores de tendencia evangélica que también siguieron la normativa oficial de representar las escenas primigenias con ombligo, plegándose a los dictámenes en el arte de la iglesia Católica y la ortodoxia medieval. Pero no es Miguel Ángel el único. Lo encontramos en el Bosco, Durero, Rubens y Tiziano.



