A Doña Victoria
Por LuÃÂs AmÃÂlkar Gómez
Nunca entendàde donde sacaste tanta energÃÂa.
TodavÃÂa no habÃÂa amanecido cuando te escuchaba en tus quehaceres.
Cuando nos levantábamos, ya el desayuno estaba preparado. Los uniformes kaki con sus filos almidonados estaban en sus lugares. Prácticamente, nos empujaba hacia la escuela.
Siempre te quedaba con los más pequeños, a los que habÃÂa que cuidar mientras atizaba el fogón para comenzar la preparación del almuerzo. Mientras las habichuelas bailoteaban en el agua hirviente, fregaba los trastos, lavaba la ropa, atendÃÂa los comentarios de la vecina y despachaba a mi padre hacia el trabajo.
Siempre desayunado.
Siempre limpio.
Nunca entendàcomo te las arreglaba para repartÃÂr amor entre nueve, a partes iguales, sin que ninguno se sintiera ignorado, descuidado ó discriminado.
Nunca entendàcomo ante la disciplina férrea del viejo, siempre creaba ese manto de paz, protección y entendimiento bajo el cual siempre acampábamos.
Ahora que vivimos en un mundo lleno de traiciones y manipulaciones, se me hace más difÃÂcil entender tu lealtad incondicional hacia mi padre, hacia tus hijos, hacia todos los que te rodeaban.
¿De dónde sacaba el tiempo para hablarnos de honestidad, de Dios, de buen comportamiento, de respeto hacia los demás, de los valores que todo buen ciudadano debe poseer?
¿Cómo aguantaste la miseria, las privaciones, la estrechez y el desasosiego que embarga a una madre cuando no puede proveer a sus vástagos los elementos básicos del diario vivÃÂr?
Nunca pude entender como nos guiaste tan lejos si apenas sabÃÂa el camino.
Creo que nunca lo entenderé.
HabrÃÂa que ser madre para comprenderlo.
Sólo ellas saben cómo se templa el acero.