¿Quién está por resucitar: Mussolini, Hitler o Franco?

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Francisco S. Cruz. (Foto: FE)

Por: Francisco S. Cruz.
Cuesta pensar que la sociedad que inspiró a Alexis de Tocqueville escribir “La democracia en América” este incubando, como piensan algunos periodistas, intelectuales, activistas políticos, «metemiedos» y uno que otros cuentistas sociales, a 181 años de su publicación y en pleno siglo XXI, un nuevo fascismo (o suerte de populismo) cuyo punto de eclosión –como movimiento político e ideología- este coincidiendo con la actual campaña electoral de los Estados Unidos en donde un empresario, o más bien un showman (Donald Trump), le disputa la presidencia a una política de formación y oficio, Hillary Clinton. A simple vista, ambos oficios, el de empresario y el de político –tal cual lo han exhibido y explotado ambos-, en mi opinión, no da para parir semejante engendro, a lo más, si acaso, es a un repliegue-decadencia, en el caso de Trump, o a un desafío-expansión geopolítico, en el caso de Hillary.

Por ello, porque me rebelo contra todo lugar común, o de que se me quiera convencer de que estamos al borde del apocalipsis, o en otras palabras, y según algunos, que de lo que se trata, cuando hablamos de Trump y Hillary, es, y según esos mismos «metemiedos», de decidir entre Fascismo (¿o populismo?) y Democracia, cuando lo que está a la vista es otro fenómeno de estos tiempos: roles sociopolíticos contrapuestos –es decir, políticos empresarios y empresarios políticos con matices y poses chauvinistas y viejas falencias históricas-estructurales (racismo, marginalidad, pobreza, etc.)- no resueltas como reflejo de un fracaso global (en un sentido socio-histórico), y luego, por el descrédito y la degradación universal de la clase política y de muchos de sus líderes -cuya excepción o punto de inflexión universal fue y es el binomio: MandelaMujica

Entonces, el problema no es tan simple como reducirlo a un callejón sin salida: Hillary. Eso, si no se dice la verdad (las envolturas –los intereses estratégicos, financieros corporativos y de cuotas-equilibrio de poder en juego-, en el caso de ambos), sería tomar partido político-electoral partidario; pero jamás hacer ciencia o periodismo respetable (por mas permitido que este).

En esa tesitura, por ejemplo, se inscribe decir o vociferar que estamos en una lucha entre dos bandos: los que quieren lo “multiétnico, multicultural, multirracial y multilingüe” (vale decir, una sociedad abierta que la encarna Hillary Clinton y el partido demócrata) y aquellos que quieren el “racismo y la discriminación” (vale decir, una sociedad cerrada que la encarna Donald Trump y el partido republicano). A ello habría que preguntarse: desde cuándo los estereotipos (o perfiles raciales) y la discriminación racial no han sido signos –históricos- ostensibles en la sociedad norteamericana, y sin embargo, esa misma sociedad -en un ejercicio de alta conciencia democrática y reconocimiento multicultural-racial- ha sido capaz de llevar a un afroamericano a la presidencia; y algo más, reelegirlo.

Ese dato-historia, nos obliga a no dejarnos seducir por cliché periodístico o propaganda política-electoral disfrazada de “opinión pública”. Mejor sería situar el debate –desde los medios (algo ya imposible, pues todos tomaron partido; aunque el tercer debate –como signo alentador- estuvo mejor moderado-dirigido pues hizo énfasis en la confrontación de ideas y enfoques) en una línea de análisis e información más próximo a los aspectos programáticos (o plataforma) de ambos candidatos (aunque ellos, pero básicamente Trump, no quieran entrar en ello), por ejemplo, las desventajas, debilidades o conveniencias de ambas propuestas, y dejar a los activistas de ambos bandos –demócratas y republicanos- blandir sus pancartas y airear sus banderas.

Convendría pues que el gran público, vía internet, indague -a grosso modo- sobre las realidades históricas, sociopolíticas y económicas clásicas que les sirvieron de caldo de cultivo a Mussolini, Hitler y Franco para instaurar el fascismo en las sociedades italiana, alemana y española del siglo XX. Y por supuesto (y después de esa indagatoria), hacerse el ejercicio imaginario de la resucitación -de cualquiera de los tres- en la sociedad norteamericana de hoy (a ver si tal engendro-miedo es posible). No obstante, la idea con tal ejercicio solo perseguiría sembrar, en los lectores, la curiosidad por ir más allá de la noticia y no aceptar, creer o comprar –a ciega- todo aquello que se le oferte.

Y en esa línea de curiosidad ciudadana, aunque somera (algo de cultura general), que el gran público explore la posibilidad de auscultar sobre cuál de los dos candidatos significa un miedo real o inducido, o si por lo contrario, ese público –pero, sobre todo, los hispanos- está siendo víctima de una vulgar propaganda-manipulación mediática-política-electoral que no delata el fondo de lo que está en juego (los intereses que ambos candidatos representan a nivel interno y global), sino la retórica discusiva política-electoral de los dos candidatos donde Trump se lleva la peor parte-imagen –por no ser un político profesional; pero, sobre todo, por sus erróneas-peroratas sobre migración, amenaza terrorista y trivialidades- ya que no maneja un adecuado discurso político ni exhibe dominio de geopolítica, o porque simplemente has querido ser él y no un pautado libreto (marketing político).

Finalmente y quien sea que gane (que, hasta ahora, todo apunta será Hillary), el gran problema lo tendrá la prensa -¡toda!- en los Estados Unidos, pues, ¿cómo -post elecciones- se despojará de su parcialidad política-electoral para recuperar el rol de imparcialidad y credibilidad pública que está llamada a jugar y a defender? O más improbable: ¿cuál sería su rol-postura de suceder que todos los pronósticos fallen y que en vez de Hillary sea Trump?

De mi parte, y como simple espectador, no tengo ninguna duda: ni Mussolini, ni Hitler ni Franco tienen posibilidades de resucitar en la sociedad norteamericana del siglo XXI (¿O acaso, ya resucitaron en Europa?). Otra cosa es que se quiera meter miedo y que los ciudadanos promedios –entre ellos, también, los de origen hispano- voten influenciados por esa propaganda política-electoral disfrazada de opinión pública que busca, afanosamente, coronar el candidato de sus preferencias e intereses. Dejémonos de cuentos chinos, pues.

jpm.

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