Por DiarioLibre.com
Santo Domingo.- La razón de una feria literaria de magnitud internacional es, y siempre ha sido, unir en sagrado matrimonio a la persona con el libro. Los esfuerzos para facilitar el lazo definitivo no se han escatimado pero la cronología restriega en la cara de los interesados que una de las partes prefiere ahogarse en otras aguas antes que nadar sobre lectura.

Que no quepa la menor duda de que los informes finales de la XVI versión de la Feria Internacional del Libro arrojarán resultados “favorables” para la continuidad de este evento, y qué bueno. Sin embargo, en honor a la verdad, el “éxito” debe ser analizado no sólo con estadísticas y matemáticas, sino desde el punto de vista sociológico, cultural y pedagógico.

Este año la oferta bibliográfica no tuvo parangón; 270 librerías, 170 editoras internacionales, obras de más de 140 escritores extranjeros y 700 dominicanos. En total se prepararon 220 stands con libros desde cinco pesos en adelante.

Por encima de todo eso, las cuatro áreas de comida chatarra no dieron abasto para la demanda, sin mencionar los vendedores de pulseras, collares, tatuajes temporales y, los más aventajados, los comerciantes de las llamadas “gafas Vakeró”.

Del otro lado están algunas librerías, como la Trinitaria, que no lograrán recuperar ni el capital invertido para participar en la feria. Juany Uribe es su coordinadora y dice que le apena ver tanta gente consumiendo cosas muy ajenas a la literatura.

“No hay política para la lectura y no se trata de 4%. Ahora todo es internet y los muchachos lo que vienen es a caminar y andar… nada de lectura. Ojalá y no se permitiera la venta de otra cosa que no sea de libros”, reflexionó.
Pero igual le sucede a Alicia Rodríguez, coordinadora de la librería cristiana Emmanuel, cuyas ventas bajaron considerablemente en comparación con años anteriores. En su stands hay textos desde 25 pesos, los cuales sólo sirvieron para acumular polvo.

¿Falta de dinero?

Cabría la hipótesis de que la falta de recursos imposibilitó que las personas adquirieran bibliografía. Sin embargo, las ofertas iniciaron desde cinco pesos -Librería de Cultura- y hasta gratis -pabellón de Escritores Dominicanos- si se participaba en una charla.

Hipólito Ventura, propietario de la editora Libros para ti, entiende que la falta de recursos imposibilitó que las personas compraran libros. Empero, en su stand los textos de entretenimiento opacaron con creces a los especializados.

Ysabel Florentino es la coordinadora del pabellón de Escritores y confesó que ni la presencia de los escritores motivó para que los estudiantes, sobre todo de escuelas y colegios, participarán en las exposiciones. Quienes consumían eso eran los universitarios, profesionales y adultos.
Propone que para las próximas ferias se coordine con las escuelas antes de visitar el recinto, para compartir el programa y coordinar actividades que motiven a los estudiantes participar en los coloquios sobre literatura o sociedad.

¿Libros aburridos?

Emely tiene 18 años y acompañó a su hermanito de 13 en la feria. De 800 pesos que llevó para el consumo, gastó 600 en chucherías, gafas, brazaletes, comida y matatiempo. “No vi ningún libro que me interesara”, argumentó.

Quizás ninguno de los libros sobre ciencia, religión, autoayuda, enciclopedias, arte, cocina geografía o historia fueron del agrado de Emely y su pariente. Cuando conversamos ella estaba en el área de artesanía y confesó no tener intenciones de participar en conferencias o charlas.

Pero si la excusa fue el tamaño de las obras o la cantidad de páginas, se presentó un stands con “los libros más pequeños del mundo” donde regalaban en miniatura los pensamientos de Juan Pablo Duarte.
Alberto Ñañe coordinó la venta de los minilibros y afirmó que la demanda bajó considerablemente en comparación con el 2012. “Si el problema es el tamaño, estos libros los puede llevar hasta de llavero. Y te confirmo que ni así se vendieron”, dijo.

Y si el problema eran los libros como tal, también se presentaron juegos inteligentes para que los estudiantes se divirtieran aprendiendo. “El que no vende matatiempo no está en nada porque esta es la feria de eso”, dijo el colombiano Camilo Monsalve, dueño del stand.

La diversidad bibliográfica se presentó para todos los gustos y tamaños. Se regalaron panfletos, hojas sueltas y hasta dossier con los colores patrios, los mismos que más tarde fueron vistos en la basura o los baños -quizás porque no había papel sanitario-.

¿Es culpa de la globalización?

En un debate que se generó en la redacción de Diario Libre sobre las causas de que no se vendieran muchos los libros en la feria, salió a relucir que la globalización, amén de que ofrece mayores oportunidades de lectura, también reduce el enfoque por la evolución continua.

Se argumentó que las necesidades propias del hogar obligan a los tutores dejar a los hijos solos y laborar, por lo que no reciben la formación necesaria para desarrollar la pasión por la lectura.
Sin duda que esa realidad deja toda la responsabilidad de la formación a los maestros, los mismos que presentan también serias deficiencias cognitivas y expresan sentirse desmotivados por el pluriempleo.

También flota la idea de que la manipulación directa con los equipos tecnológicos sin supervisión, desde muy temprana edad, desvirtúa el uso correcto de los mismos. Hace dos años se reveló que más de 1,2 millones de personas menores de 18 años tenían una cuenta en Facebook, muchas de las cuales son adolescentes con serias deficiencias ortográficas.

Si es realmente la tecnología el problema, Japón, uno de los países de mayor avance en esta materia, no tuviera uno de los niveles educativos mejores valorados en el mundo. Incluso tantean la posibilidad de ingresar los celulares inteligentes a las aulas para que los estudiantes lean los libros desde sus equipos.

¿Problemas generacionales?

En la parte frontal de la Biblioteca Nacional cuatro adolescentes entre 11 y 14 años se tomaban fotos con un celular de última generación. Una de ellas cargaba una funda con dos matatiempos de 10 pesos, otra pavoneaba un lápiz gigante de 50 y una tercera mostraba dos cadenas de 100 pesos que compró para ella y “un amigo”.

Al preguntarles de por qué no aprovecharon las ofertas para comprar libros, una de ellas precisó “es que no nos dejaron tarea en la escuela”. Aseguraron que llegaron a la feria con sus padres, pero que las dejaron solas para que pasearan y se divirtieran.

Eva Rodríguez, administradora de la librería el Edén, cree que “hay muchos padres que no tienen conciencia, no instan a los hijos para que se nutran de literatura”.

En el área de artesanía cuatro madres compartían con siete hijos. Manifestaron ser de Nizao y que visitaron la feria para “pasear a los muchachos”. No compraron libros porque “en la escuela dan eso”, sin embargo gastaron más de 500 pesos en comida, sin mencionar que cada infante tenía en su boca un caramelo de 25 pesos.

El escritor Andrés L. Mateo reflexiona sobre el problema y precisa que la deficiencia tiene que ver con los enfoques sociales. “Hace 50 años todos los jóvenes teníamos un enemigo colectivo, que era la opresión del poder; ahora el enemigo está dentro de los jóvenes, no fuera”.

Además, agrega que la carencia de valores morales opaca cualquier intención de promover la cultura. Dentro y fuera del recinto ferial fueron detenidas personas por robo.

La tesis del intelectual y ensayista gana peso cuando la editorial Santillana revela que los libros más vendidos fueron los de autoayuda y motivación personal, lo que podría asociarse a la necesidad de llenar un vacío que la sociedad no fomenta.

Todos los libreros coinciden en que para otras ferias la zona de la comida debería estar en un área específica y no distribuida, como en esta ocasión, donde se hicieron otros cambios como anular el Teatro Arena y permitir el acceso de tatuajes temporales.

A decir por la experiencia se concluye que sucederá siempre lo mismo si no se genera una evolución social que apueste a la calidad en vez de la cantidad y se unifiquen las intenciones de desarrollo cognitivo, requerimiento que debe iniciar por los Poderes del Estado.
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