Mantenerse a distancia

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Miguel Guerrero
Por Miguel Guerrero
La más importante lección que deben aprender los jóvenes que intentan encauzarse en el periodismo es la obligación moral de mantenerse alejado de aquello sobre lo que informan e investigan.

El peor error es entregarse a un líder o presidente, sea por afecto, afinidad o encanto, como pasara con Joaquín Balaguer y todavía con Leonel Fernández, exigentes de una adhesión incondicional.

 

La entrega del corazón va irremediablemente seguida de la pérdida del cerebro, como les ocurriera a muchos con ambos. El sentido de la proporción se pierde y con ello la objetividad y la independencia. Muchos programas, en la radio como en la televisión, son más escenarios de confrontaciones y sumisiones políticas que canales reales de orientación y comunicación con el público.

 

La obscenidad que esto significa sólo tiene su par en la vulgaridad que se escucha y observa en muchos de ellos.

 

Los periodistas se preocupaban antes por ocultar sus preferencias y compromisos. Hoy algunos los exhiben con desparpajo y descaro.

 

El éxito está asociado no tanto al talento como a la agresividad. Y el debido respeto al público se está convirtiendo en la excepción por parte de aquellos a los que no les sonríe ni el éxito ni la fama. La tragedia detrás de este fenómeno mediático radica en el hecho de que los jóvenes no parecen muy dispuestos a esperar su turno y observan este camino como el más corto y provechoso, asumiéndolo así como un paradigma.

 

La lealtad que se observa en algunos profesionales del oficio a una causa partidista es una vergüenza para el periodismo nacional. Con propiedad reivindicable en estos días, hace más de un siglo Oscar Wilde escribió: «Antaño, los hombres temían el tormento, hoy tienen la prensa». Cierta y limitada prensa, aclararía yo, para ser justo con aquella que se honra a sí misma.
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