De la frustración a la comprensión; La empatía como eje del quehacer educativo
POR: ALBA CRISTINA RAMOS – educadora. Reside en El Pino.
Introducción
En las escuelas de la República Dominicana los maestros enfrentamos múltiples retos, que van más allá de impartir los contenidos de la malla curricular. La complejidad de las realidades que enfrentan muchos de nuestros estudiantes, sumado a las dificultades que existen en el contexto escolar, puede generar en los que nos dedicamos a la enseñanza una sensación de agotamiento tanto físico como emocional.
Es en este contexto que quiero compartir mi trayectoria como maestra del nivel primario, no para ofrecer verdades absolutas, sino para abrir un espacio de reflexión sobre el papel fundamental de la empatía en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
Empatía: Mis inicios en la docencia; frustración y desgaste emocional.
Soy egresada del ISFODOSU, recinto Luis Napoleón Núñez Molina. Actualmente cuento con trece años de experiencia en el sistema educativo público de la República Dominicana. En el año 2013 ingresé al Ministerio de Educación (MINERD) a través del concurso de oposición docente, tal como lo establece la Ley General de Educación 66-97. Mi primera designación fue en un centro educativo prestigioso de mi ciudad natal, Mao, provincia Valverde, donde aprendí mucho, aunque en ese momento no lograba reconocerlo.
Mis inicios en la docencia estuvieron cargados de sentimientos encontrados. Sentía frustración, inseguridad y una profunda sensación de incapacidad para cumplir con lo que, según mi percepción, debía ser una “buena maestra”. Llegué a creer que era la peor docente del mundo. No sentía amor por el proceso de enseñanza-aprendizaje ni empatía hacia mis estudiantes, y mucho menos deseos de enfrentar situaciones conductuales complejas dentro del aula.
Durante ese período, me resultaba extremadamente difícil comprender las conductas de algunos estudiantes: golpes a sus compañeros, escupitajos, destrucción de útiles escolares e incluso agresiones físicas hacia mí. Todo esto generó en mí un gran desgaste emocional. Hubo momentos en los que sentí deseos de abandonar el centro educativo y huir de esa realidad que me sobrepasaba.
Hoy, al traer esos recuerdos desde mi banco de memoria, siento una mezcla de nostalgia y reflexión. Lamento no haber tenido en ese entonces una mirada más profunda, una actitud más consciente y empática que me permitiera asumir con mayor responsabilidad mi rol como formadora. Sin embargo, también reconozco que el tiempo, la experiencia, el trabajo diario y la investigación constante me fueron brindando las herramientas necesarias para transformar mi práctica docente.

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Un cambio de mirada: más allá de los contenidos
Con el paso del tiempo comprendí que la labor docente no se limita únicamente a impartir los contenidos establecidos en el diseño curricular. Ser docente implica conocer la realidad de cada estudiante, su entorno familiar, el trato que recibe, sus necesidades emocionales, sociales y afectivas, así como las posibles vulneraciones de derechos a las que pueda estar expuesto.
Este conocimiento profundo del estudiante nos permite entender las razones detrás de muchas conductas que, a simple vista, pueden parecer negativas o desafiantes. Cuando el docente logra mirar más allá del comportamiento, puede actuar desde la empatía, ofrecer apoyo más personalizado y acompañar al estudiante desde el corazón.
¿Por qué escribir esta historia?
Decidí escribir este texto porque estoy convencida de que muchos docentes, tanto de nuevo ingreso como con años de experiencia, pueden estar atravesando situaciones similares. La realidad se vuelve aún más compleja cuando nos encontramos con superiores inmediatos que, en lugar de orientar, acompañar y guiar, desacreditan la labor docente y asumen que el maestro debe tener todas las estrategias resueltas desde el primer día.
La verdad es que esas estrategias no se dominan de manera inmediata; se construyen con el tiempo, con una buena guía, con reflexión constante y con acompañamiento genuino. Espero que este escrito pueda servir como una vía para abrir caminos, generar reflexión y humanizar aún más esta importante labor.
Es posible que al leer estas líneas no estés completamente de acuerdo con mis planteamientos, y lo respeto profundamente. Solo comparto mi experiencia y aquello que me ha funcionado para hacer más llevadera esta carrera. Quienes estamos dentro del sistema educativo y quienes realmente se preocupan por una educación de calidad conocemos los múltiples retos, desafíos y carencias que enfrenta el sistema. Aunque elegimos esta profesión de manera consciente y contamos con la formación para asumir, la tarea se ha vuelto cada vez más compleja con el paso del tiempo.
La empatía como eje del quehacer educativo
Pese a todos los desafíos que enfrentamos, considero fundamental resaltar la empatía como un elemento clave dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje y de todo el quehacer educativo. Estoy convencida de que integrar la empatía en nuestra práctica diaria puede aliviar muchos de los malestares emocionales que se generan tanto en los estudiantes como en los docentes.
Contextualizando el entorno del estudiante
Es necesario hablar de las realidades que enfrentan muchos de nuestros estudiantes. No pretendo generalizar, pues existen familias que asumen con responsabilidad su rol en la sociedad; sin embargo, no podemos ignorar que en muchos casos la familia ha delegado sus funciones formativas a la escuela.
Como docentes, una de nuestras responsabilidades es conocer las características de nuestros estudiantes: el entorno en el que viven, las necesidades que presentan, el trato que reciben y si alguno de sus derechos está siendo vulnerado. Todo esto nos orienta a realizar una planificación más consciente y ajustada a sus realidades.
Estas informaciones se obtienen a través de diversas acciones como diálogos con las familias y los estudiantes, visitas domiciliarias y observación constante. Muchas de estas realidades se reflejan en la escuela mediante conductas inapropiadas: falta de respeto, maltrato a compañeros y docentes, interrupciones constantes en el aula y desinterés por el aprendizaje.
Este escenario representa una sobrecarga física y emocional para el docente. Es aquí donde la empatía se convierte en una herramienta esencial: comprender qué hay detrás de esa conducta y preguntarnos desde el corazón qué podemos aportar para que ese niño, niña o adolescente pueda transformar su realidad.
Estrategias que marcaron la diferencia en mi práctica
A medida que fui relacionándome de manera más consciente con mis estudiantes, fui descubriendo estrategias que transformaron mi práctica docente.
Una de ellas es la mirada atenta, que implica estar plenamente presente, observar con cuidado y comprender con empatía. Esta actitud favorece la toma de decisiones informadas y fortalece el vínculo docente-estudiante.
Otra estrategia fundamental ha sido la escucha activa, prestando verdadera atención a sus palabras, manteniendo una postura corporal que demuestre interés genuino y validando sus emociones. Al indagar sobre el entorno de los estudiantes con conductas desafiantes, comprendí que muchas de sus acciones eran el reflejo de experiencias negativas vividas en casa.
Dejé de etiquetarlos como “niños problemáticos” y comencé a verlos como seres humanos que necesitaban contención, orientación y un trato diferente.
Analizar las características propias del nivel educativo en el que he trabajado también me permitió ajustar mis expectativas y estrategias, entendiendo que cada etapa del desarrollo requiere una intervención distinta.
Reflexión final
Situarnos desde la empatía no solo beneficia al estudiante, sino que también reduce el desgaste emocional del docente. Mirar al estudiante desde la comprensión, cuidar nuestras palabras, el tono con el que hablamos y el contacto visual que establecemos, puede marcar una diferencia significativa en la vida de ese ser humano que tenemos frente a nosotros.
La empatía no resuelve todos los problemas del sistema educativo, pero sí transforma la manera en que los enfrentamos. Y en esa transformación, tanto docentes como estudiantes crecemos juntos.
Autora: Alba Cristina Ramos – reside en El Pino, Dajabón, RD.
Maestra del Nivel Primario, Centro Educativo El Pino.