Concurso de mordiscos

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Federico Henriquez Grateraux
Por Federico Henríquez Gratereaux
El mundo entero anda revuelto. No sólo en el orden político y en los asuntos económicos. También está en curso una revolución axiológica. Los valores morales, estéticos, religiosos, atraviesan hoy una etapa de rápida transformación. Las normas culturales de nuestros padres y abuelos han sido cuestionadas perentoriamente. Los hábitos sexuales han cambiado significativamente en los últimos treinta años.

Da la impresión de que todo está en tránsito hacia una «definición no prevista». Si los asuntos sociales pudieran fotografiarse, como los saltos de los atletas de campo y pista, el resultado gráfico sería «una foto movida», borrosa, sin contornos precisos. Cualquier opinión logra sustentarse en algún girón de esa realidad borrosa.

 

Los problemas colectivos son los mismos de siempre; aunque amplificados por el crecimiento de la población y por su instantánea aparición en los medios de comunicación.

 

Los hombres somos «protagonistas» de un teatro de no ficción, cuyo argumento central es el de nuestras propias vidas. Muchas sociedades de hoy sobreviven en medio del desconcierto y, en algunos casos, completamente anarquizadas. Haití, Siria, México, Ucrania, constituyen los «teatrones» más recientes. También hay lugares donde el crimen organizado controla las instituciones públicas y la economía. Asesinos a sueldo concurren en un mercado laboral sin fronteras físicas, ni morales. La actuación de los políticos contribuye a menudo a emponzoñar los problemas.

 

Cada día las masas desconfían más de «sus líderes», esto es, de las personas que marchan al frente de las llamadas «magistraturas». El sacerdote pederasta, el político ladrón, el juez venal o acomodaticio, confirman el «descreimiento» del hombre común. La política ha sido en todos los tiempos una actividad depredadora y violenta. Ahora lo es más porque sus efectos han sido magnificados por la alta tecnología, sea militar o cibernética. La impotencia es un sentimiento general.

 

Pero la política es inevitable porque el hombre es un animal pugnaz. Debemos reconocer que vivimos en una «contienda universal» que puede calificarse como «una pelea de perros». El hombre apartidista, pacifista o no militante, debe saber que en las presentes circunstancias es poco menos que un infusorio. Será agredido o maltratado, no importa cuán justa sea su posición intelectual. No hay más remedio que participar en el concurso de mordiscos.
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