Casos y cosas del mundo

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Víctor Peralta.

La amenaza a una nueva reforma constitucional, que si va o no va, que si es viable o no, me mantiene en una evidente zozobra de difícil prescripción médica.

Por: Víctor M. Peralta.

El insistente tableteo en el pecho me advierte que mi corazón no puede asimilar la candente discusión entre un dirigente político que sigue la corriente que dentro del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) lidera el expresidente Leonel Fernández, y dos periodistas, o por lo menos los dueños del programa, que defienden, con uña y diente, la reelección de Danilo Medina. A las 12.35 de la madrugada apago el televisor. Ya no aguanto más. Los ojos se me han puesto duro. La boca reseca. Pero no es aconsejable tomar líquido a esa hora. Sobre todo, por la avanzada edad, que es cuando la próstata comienza el proceso de agrandamiento, lento, pero seguro. Y si uno toma liquido tan tarde, es casi seguro que haya que levantarse a orinar. Y eso provocaría que el sueño se descarrile para no volver en lo que queda de noche.  

Con respecto a los dos comunicadores en cuestión, no hay que tener la lámpara de Aladino a mano para saber la razón de tanta insistencia sobre la necesidad de defender y reconocer la obra de gobierno de Danilo; quince anuncios de diferentes instituciones del Estado hablan por sí solos. Con razón no le queda de otra que no sea defender la faja. Me resulta embarazoso poder sustraerme a todo lo que es el discurrir de esta campaña tan acelerada y tan al rojo vivo. Es tan así que por rato llego a olvidarme que vivo en un país con tantos problemas sin resolver.

Y si al fin logro pegar los ojos por tres o cuatro horas, la inquietud por saber la novedad política y chismográfica del día que apenas comienza, con la tensión en la boca me tiro de la cama de manera aparatosa. Por poco me tuerzo un tobillo. Que vaina. Sin querer queriendo enciendo el televisor, y cual que sea el canal que sintonice, ¡otra vez me encuentro con el mismo capítulo de la álgida y tormentosa novela del día anterior! Que si la famosa carta de Menéndez a Pompeo surtirá los efectos que anhelan muchos y odian como el diablo a la cruz otros. Que si fue el desabrido Abinader el mentor de la misma. Que si fueron los vincho, que no solo tienen su antihaitianismo detrás de la oreja, sino también a Danilo Medina y su descabezada ambición reeleccionista.

Y no solo estoy hasta “jarto” que me sigan hablando de Menéndez y Pompeo, las Altas Cortes, la JCE, los plazos fatales y la alegría de Miguel Vargas por ser dueño absoluto del glorioso PRD, también me está empalagando hasta el hartazgo la tan ruidosa confesión tramposa y culposa de Ramón Ventura Camejo, que no solo le pagan todos los cuartos del mundo para que hable del organigrama institucional de la Administración Pública, sino también para que cada cuatro años proponga, como una cotorra que lo repite todo, a Danilo Mediana como el único que puede preservar la nación de cualquier ciclón batatero que se le antoje venir a arruinarnos la vida. Para que siga haciendo todo cuanto no haya podido hacer hasta ahora, no obstante tener a su disposición más de 900 mil millones de pesos, y la cartera abierta para coger todos los miles de millones de dólares que le presten, y algunos que otros milloncejos de prestamistas del patio que siempre están alerta para arrancarle el brazo a cualquiera. Que vaina. Me nos llevó san quintín.

Soy de los que pienso, y mantengo esa posición, que el presidente Danilo Medina es el único culpable de la agravada tirantez emocional que vive la gran mayoría de la población dominicana, producto de la retama amarga de una posible reforma a la Constitución que no terminan de acometer, pero que está en eso. El repique de las campanas que anuncian la reelección rompen los tímpanos del oído del pueblo. Sus funcionarios más cercanos la pregonan a los cuatro vientos; más allá de la frontera, allende los mares. Las 24 horas del día. Los senadores y diputados del presidente están en eso. Con razón es su congreso. Todos quieren que se reelija, para ellos también reelegirse, o por lo menos seguir ordeñando la teta fecunda y omnipresente del Estado.

Ya a Danilo no le queda bien el amagar y no dar. Que diga: ‘sí, voy, y qué’, y ya se acabó. Y si pasa con legisladores comprados, que pase, y salimos de eso. Y si se le antojare dar alguna excusa, que lo haga. No es obligado tampoco. Es si quiere. Pero si en todo caso le remuerde la conciencia y decide mostrar algún tipo de escrúpulo o vergüenza por su palabra empeñada, que confiese que se equivocó cuando prometió el 16 de agosto de 2016, ante el país y el resto del mundo, que sería su último cuatrienio como presidente de la república. Que sea sincero y nos recuerde que hasta llegó a jurar por Dios que no volvería a aspirar nunca más. Por los siglos de los siglos. Aunque Camejo y Elpidio se lo pidan de rodillas, con sus ojos grumosos. Que pida excusa al pueblo que creyó en su palabra. Y a la otra tres cuarta partes de los dominicanos que no le creyó nunca. O que se haga el chivo loco y no le pida excusa a nadie. Qué carajo, total, para eso es el presidente de la República. A fin de cuentas, ser presidente es lo que más se parece a Dios aquí en la tierra. Y más en un país bananero como el nuestro; de tantos mentirosos.

Victor.escritor@hotmail.com

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