Julian Assange
Por Federico Henríquez Gratereaux
La tarea de vivir siempre ha sido peligrosa. Lo es para los animales silvestres y para los hombres de las ciudades.

En las grandes aglomeraciones que son las ciudades modernas, la vida es más peligrosa que en las viejas urbes de tamaño moderado. Pero también en la antigüedad era un riesgo continuo luchar por permanecer vivo. Nietzsche, el filósofo-poeta con dolor de cabeza permanente, recomendaba: “vivid en peligro”.

Era una especie de exhortación a no dejarse aplastar por la rutina, por los “hábitos burgueses”, por la búsqueda incesante de “la seguridad” física, económica, laboral. Ortega, filósofo español, contradecía a Nietzsche; consideraba que la expresión “vivid en peligro” era una redundancia. La vida es “constitutivamente” peligrosa.

Desde luego, puede ser más peligrosa, según “las circunstancias” –los grandes conflictos que nos rodean– sean más o menos complejas. Hoy dependemos de tecnologías que no dominamos ni siquiera parcialmente.

Los satélites toman fotografías de la tierra de noche y de día; también pueden registrar lo que haya en el patio de una “casa sospechosa”. La vigilancia de un sujeto podría “programarse y automatizarse” para que se prolongue por todo un año. Los servicios de seguridad son capaces de trazar “el mapa de las costumbres” de los ciudadanos “bajo observación”.

Las llamadas desde teléfonos celulares se rastrean y reproducen “cuando es necesario”.

Entre el espionaje telefónico de antaño y los métodos actuales, la diferencia es tan grande como la que hay entre una ballesta y un fusil AK-47.

Los teléfonos domésticos, las computadoras personales, son igualmente vulnerables. Documentos privados, videos familiares, fotografías de los abuelos, son accesibles para los expertos en las nuevas tecnologías digitales. Los piratas cibernéticos “navegan” en todos los “mares virtuales”.

El hombre común vive en una vitrina.

No sólo vivimos en peligro, sino que no sabemos qué ojos nos vigilan, cuál nave no tripulada decidirá el destino de un terrorista, narcotraficante, o de un líder fundamentalista musulmán.

Los escándalos de Julián Assange y Edward Snowden indican que el asunto abarca personas, sociedades, grandes potencias militares. Que nadie está libre del escrutinio del poder público. Lo peor es que cualquier persona con recursos puede escuchar lo que hablas y saber la marca de los calzoncillos que usas.
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