Doctor Bienvenido Segura Díaz

Por: Doctor Bienvenido Segura.   

La sala de emergencia estaba repleta de gente que se agolpaba en ventanas, puertas y pasillos buscando una explicación al cuadro aparatoso y grave que presentaba la niña.

Su abdomen globoso era tan duro que al tocarlo parecía una roca. La hemorragia era evidente pues la camilla de examen se veía impregnada de sangre y angustia. En su vientre, dos corazoncitos latían tan acelerados que parecían trotes de caballos.

Ella lloraba de dolor y se revolcaba entre las sabanas pidiéndole a Dios que no le abandonara. El sudor le cubría el rostro y la palidez de su piel permitía ver sus penas. Sus extremidades eran tan frías que congelaban su aliento.

Su diminuto cuerpo se retorcía y se enroscaba en sí mismo hasta hacerse casi invisible. Nadie imaginaba lo que ocurría. Todos cruzaban miradas y gestualizaban buscando una explicación lógica y convincente.

Precisamente, en esos días se habían cumplido 15 años de su nacimiento. Como si fuese ahora, recuerdo los primeros instantes de su vida cuando corté su cordón umbilical, la tomé en mis brazos y la coloqué sobre el pecho de su adolescente madre.

¡Quién lo iba a creer! Pues cada día la rutina era la misma, a saber, centro educativo, biblioteca, estudios y tareas, prácticas deportivas, “party” y paseos, o bien, reuniones en la iglesia.

Pero ella todavía es una niña que hasta hace poco jugaba con muñecas, prefería escuchar canciones infantiles y gustaba ver dibujos animados. A esta edad el corazón no late sentimientos verdaderos, ni en el estómago se asientan mariposas.

En el momento, tres vidas estaban en peligro de engrosar las estadísticas de eventos vitales. El vientre duro y doloroso yugulaba la existencia y la hemorragia poco a poco apagaba sus sonrisas.

Cuatro generaciones más de madres precoces esperaban impacientes al otro lado de la vida mientras dioses y galenos evitaban la tragedia. Entre llantos de esperanzas, la abuela de 29, la bisabuela de 43, la tatarabuela de 58 y la chozna de 72, pedían de rodillas la salvación de aquellas almas inocentes.

En el quirófano, el vientre inmaduro y grávido se abrió a la vida y dos estrellas idénticas emergieron una tras la otra. Rosadas y vigorosas, ellas rompieron silencios y ausencias para llenar los vacíos de una niñez perdida.

En su pecho desnudo y frágil, la madre adolescente las hizo suyas y ya no hubo espacio para más tristezas, reclamos ni murmuraciones, porque esas vidas decidieron vivir. Desde aquel entonces, tres niñas lloran.

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