Nevada en NYC
Nevada en NYC

Por: Sergio Reyes II.

Admito, de entrada, que soy un poco ingrato en mis apreciaciones frente a las manifestaciones de la Madre Natura y la manera en que tales efectos alteran nuestra vida diaria y el desenvolvimiento ciudadano.

De una infancia marcada por el clima tropical que impera en el noroeste dominicano y de manera especial en las estribaciones de la Cordillera Central, y la zona de Loma de Cabrera, Capotillo y Restauración, en donde extensas temporadas de lluvia se alternan con los días de intenso calor, resulta chocante entrar en contacto con el frío y las constantes nevadas que se desparraman en gran parte del territorio de los Estados Unidos y que, en el caso de la ciudad de New York -donde están residiendo importantes núcleos de compatriotas-, adquiere niveles de alto riesgo que demandan un urgente proceso de adaptación, para poder salir a flote y resistir las inclemencias propias del invierno que se extiende durante gran parte del año.

Sostenidos chubascos, reforzados por la contundencia de granizadas, tronadas y demoledoras tormentas eléctricas, forman parte del andamiaje nostálgico del suscrito, en los campos de la frontera dominicana. El cálido espacio de la cocina, en donde el fogón de leña se impone como rey, reconfortaba el espíritu y nos sumía, a todos, en un acogedor ambiente del que no hemos podido abstraernos, ni siquiera con el paso de los anos.

Por demás, el amoroso regazo de la abuela Vitalina y la prodigiosa cualidad de su casa, que siempre fue el hábitat natural para la infinita cantidad de nietos y sobrinos que acogía bajo su protección, nos mantenía alejados de la contundencia de los vientos, del efecto restallante de los rayos y de la inclemencia de las aguas que, allá en el patio, arrasaban a su paso de todo cuanto se interpusiera.

La nieve, es otra cosa. Por momentos nos obnubila su infinita belleza, la albura de los copos que se desparraman por millones desde las alturas por horas, días y, en ocasiones, hasta semanas, sin cesar. Sus límpidos lampos nos arropan cual si fuesen traviesos cocuyos que revolotean a nuestro alrededor. Da gusto jugar con las bolas de nieve y arrojarlas sin cesar en todas direcciones y hacia los demás, dejando transparentar el niño que todos llevamos dentro!

Pero,… con el correr de las horas, la inmensa alfombra blanca se convierte en el único paisaje que se puede observar, en lontananza. Los senderos, las calles y las avenidas se convierten en terreno de alto riesgo para los peatones y se incrementa de manera alarmante la posibilidad de accidentes vehiculares, lo que nos obliga a permanecer recluidos en el hogar para evitar el peligro, siempre y cuando sea posible.

Al transcurrir los días, la albura impoluta de la nieve se convierte en una masa resbaladiza y de feo aspecto, formada por hielo, tierra, basura y cuanto elemento puede uno imaginarse, transformando lo que antes era bello en una pesada carga que, para colmo, todos deben contribuir a retirar del sendero: caseros, comerciantes y, en ocasiones, hasta los inquilinos.

No debo asumir actitudes de ingratitud frente a la Madre natura, la nieve que esta nos regala y la ciudad que nos acoge solidaria: lo repito!

Sin embargo, en estos días de intensa tormenta invernal que predomina en toda la costa Este de los Estados Unidos, no puedo evitar que desde lo más profundo de mis sentimientos salgan a flote los recuerdos de aquellos días y aquellos años de infancia en los que mi única atención estaba cifrada en acogerme al cariño de la abuela Vitalina, refugiarme en el calor de su regazo y recibir de sus amorosas manos el regalo de una taza de aromático café o de nutritivo chocolate.

Los recuerdos de esos años así como el impactante simbolismo de tales enseñanzas forman parte de mi vida y brotan en forma inconsciente, en estos días de intenso frio que padece la Babel de Hierro.

Por ello, mientras nos aclimatamos al gélido presente, quiero brindar, en este día, con una taza de ardiente jengibre que mi hermana acaba de prepararme, mientras dejo volar raudos los pensamientos hacia la tierra de sol y sal, de cimbreantes palmeras, de cielo azul, luceros y estrellitas, en donde deje guardados mis recuerdos y añoranzas.

Hasta mi pronto retorno!

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