Por: el Arq. Ricardo González Quiñones
Ahí ha estado siempre, observada desde el sur por la Cordillera Central, alojada desde su nacimiento a un Yaguajay cristalino, que te bordea en semicírculos con amor intrínseco, a veces escaleno (el amor), pero siempre verdadero. Eres tu Sabaneta de mi niñez, de mis recuerdos, del comienzo de mi adolescencia.

Me interné en tus montañas verdes, en tus ríos cristalinos de copiosa vegetación y peñas lisas, en tus campos llenos de frutas, de abrevaderos, de reses. Entre las siembras de maní, de tabaco, de maíz, de yuca y demás rubros.

Entoné contigo, el canto alegre del ruiseñor, el chillido de la cigua palmera, el aleteo de las tórtolas, el trinar del chinchilín, la pereza del pájaro bobo, la agilidad de las golondrinas y la belleza del pájaro carpintero.

Me hiciste conocer la laguna de Rodolfo, la carrera de mangos, el Vale Cruz, Tanita, La Chorrera de Mingo Marte, El Camarón, La Tina, La Cueva de Clavijo, El Saltadero, la entrada de Momito y el trapiche de Crucito.

Pero debo confesarlo, el pasado no puede con el presente. Unas pocas generaciones han sido suficientes para borrar casi para siempre nuestro paraíso divino, de nuestra niñez, de nuestros sueños, de nuestras escapadas diurnas.

Hoy, como un niño atrincherado, como un pez en el desierto, como “pompas de jabón”, suplico que la amemos, que la conservemos, que no la destruyamos, que la reforestemos y que la preservemos.

Sabrán, los que no lo saben, que es la única Sabaneta que nos queda, la única que tenemos y por la única que somos capaces de luchar hasta la muerte.

Pienso, luego existo
René Descartes, Filósofo y Matemático Francés 1596-1650

Hasta Pronto, Dios querrá

Ricardo González Quiñones
Sabanetero

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