Los años en que se prohibía pensar

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Sergio Reyes.

Por: Sergio Reyes II.
Una breve reseña, colocada quizás como relleno casi al cierre de una edición noticiosa, puso todo de revés, tal si fuese la llama que se expande en la pradera llenando el horizonte de flamígeros destellos, hasta donde la vista alcanza.

Como era común en aquellos días, la emisión del tabloide estaba saturada de reportes dando cuenta de las últimas bellaquerías represivas orquestadas desde las altas esferas del Estado en contra de amplios sectores de la población que ya se habían puesto de acuerdo para frenar, por la vía electoral, a un gobierno despótico y represivo que arribaba a la etapa final de un tercer periodo arrinconado por una oleada de protestas populares, padeciendo de fuertes disidencias en su estructura interna y enfrentando peligrosos conatos de rebeldía en los estamentos militares provocados por el crecimiento desaforado de las mismas ambiciones y mezquindades que, en su momento, contribuyó a prohijar, en una maquiavélica jugada propia de su enfermiza y proterva naturaleza politiquera.

Las páginas del vespertino contenían, además, los reportes sobre los avances logrados hasta ese momento por un puñado de las organizaciones políticas tradicionales, en la lucha contra reloj en pro de ponerse de acuerdo para conformar una fórmula unitaria que les permitiera enfrentar -y derrotar- en las urnas al sempiterno candidato oficialista que, antes que aflojar las riendas en aras de la ansiada democratización del país, se empecinaba en perpetuarse en los controles del Estado, aprovechando para su promoción todos los escenarios nacionales e internacionales que le garantizaba su alta investidura.

Una porción de las organizaciones más progresistas del país asumían como estrategia el escepticismo e indiferencia ante el desarrollo del proceso electoral que arropaba a toda la Nación, al tiempo que otros sectores, más pragmáticos y aguerridos,  orquestaban jornadas de lucha y denuncia en pro de las más sentidas reivindicaciones populares teniendo como caldo de cultivo y escenario el propio aparataje  derivado del clima de agitación y efervescencia que envuelve a las elecciones, en la República Dominicana.

La bulliciosa temporada del beisbol invernal, recién iniciada, las carteleras de la lucha libre internacional, con el Campeón de la bolita del mundo y sus archirrivales del momento, como protagonistas, los afanes y heroicidades de la selección nacional de baloncesto en busca del logro de la medalla de oro en los juegos de Panamá, además de los temas de candente actualidad en el mundillo de la farándula, la radio y la televisión, completaban el resto de las informaciones de interés, registradas en las páginas del tabloide que nos ocupa, aquella tarde de comienzos de septiembre, de 1977.

514 letras, dando vida a 77 palabras bastaron para dar a conocer al mundo, en el ámbito taciturno de aquella tarde, el hecho de que a su llegada desde el extranjero por la terminal de Las Américas, un  joven estudiante que supuestamente procedía de algún país de la órbita socialista había sido apresado por agentes del Servicio Secreto de la Policía Nacional, quienes alegadamente le incautaron literatura comunista. El capitán Percy Salvador Caminero, de la uniformada, informó a la prensa sobre los motivos del apresamiento y el desarrollo de los interrogatorios de rigor.

Según la nota, no se pudo definir el país socialista de procedencia. Lo que sí está claramente definido en la reseña de no más de cinco párrafos es la identificación del detenido: Claudio Tavárez Belliard.      mosaico_claudio_tavarez_belliard_agn_intercontinental_press

Como reguero de pólvora se diseminó entre la población la información sobre el apresamiento y sometimiento a la justicia del imputado.  Poco a poco fueron agregándose elementos que completaban el rompecabezas de este caso y a medida que se conocían nuevos datos también aumentaban las críticas ante la imposición de la draconiana medida de puro corte represivo.

Explicado a groso modo, el caso se resume en los elementos siguientes:

El militante izquierdista dominicano, nativo de la provincia Dajabón -en la frontera norte dominico haitiana- y residente en los Estados Unidos, en donde había hecho un historial de larga data con su presencia activa en las luchas y jornadas en contra de la invasión yanqui a la República Dominicana en 1965 y  la guerra de Vietnam, así como en múltiples actividades a favor de las mejores causas de la humanidad, regresaba al país teniendo como puerto de entrada el Aeropuerto Internacional de Las Américas. Junto a otros materiales de tipo propagandístico, en sus valijas transportaba más de 700 ejemplares de la revista Perspectiva Mundial, un semanario de corte progresista producido en los Estados Unidos bajo el auspicio del Partido Socialista de los Trabajadores (Socialist Workers Party), que contenía enfoques de corte ideológico y reivindicativo dirigidos a orientar a la clase trabajadora y sectores progresistas dentro de la pequeña burguesía, tanto en el país de edición de la revista (los EE. UU), como Latinoamérica, Europa y el resto del mundo.

La publicación incautada tenía más de dos años de circulación libre en todo el territorio nacional en idioma inglés, impulsada por entidades progresistas que se valían de este medio impreso como mecanismo de orientación política e ideológica. En los últimos meses había dado inicio la producción de la edición en español lo que auguraba una difusión más amplia entre el público lector, razón por la que los auspiciadores aunaron esfuerzos y aprovechaban todas las oportunidades posibles de introducir grandes volúmenes de ejemplares al país. A ello se debe que en su viaje de regreso al país, Claudio Tavárez trajese consigo una cantidad tan impresionante de ejemplares, como la que le fue incautada.

Antes de proseguir, es de importancia nodal consignar que el joven profesor apresado estaba afiliado a la corriente ideológica del Trotskismo, que, al decir de algunos, constituye el sector más aguerrido y radical dentro del pensamiento político del marxismo leninismo. A lo anterior se agrega el hecho de que el material de divulgación política e ideológica que portaba estaba consignado a los señores Enrique de León Enriquito- y José Díaz, quienes fungían como los encargados de la divulgación y venta de la revista en cuestión en todo el país y con los que estaba vinculado, políticamente.

Así las cosas, a todas luces se hace evidente que, más que perseguir la circulación de un material, educativo por demás, los cancerberos de la policía nacional, encabezados en ese entonces por un personaje de pésimo recuerdo que respondía al nombre de Neit Rafael Nivar Seijas, motivaban sus acciones en la represión del libre juego de las ideas, el golpeo a los derechos humanos y la libre expresión del pensamiento. Blandían como estandarte el adefesio jurídico de las odiosas leyes 6, 70 y 71, que perseguían y condenaban el culto de las ideas marxistas en el país y, de paso, sometían a la ley de las mazmorras o del ostracismo a todo aquel que no comulgase con el statu quo imperante, en ese entonces.

Con todo el vigor y la reciedumbre ideológica que caracterizó cada uno de los pasos de su vida, Claudio Tavárez se mantuvo aferrado a la versión que se había acordado, al momento de asumir la honrosa encomienda: hacerse responsable del traslado de las revistas y demás materiales propagandísticos, aduciendo que solo cumplía con un favor que le había solicitado un amigo.

Así las cosas, el mes de septiembre de aquel año de 1977 se tornó álgido. En plena efervescencia pre-electoral, mientras los partidos tradicionales hacían aprestos por la escogencia de los candidatos que habrían de terciar en los venideros comicios del año entrante, el conflicto legal por la libertad del detenido y la devolución de las revistas adquirió ribetes descollantes que acapararon gran parte de la atención de la ciudadanía.

Haciéndose acompañar de una batería de abogados entre los que descollaban, de manera principal, los doctores Alberto Malagón y Luis Conrado Cedeño, los responsables del cargamento se entrevistaron con Nivar Seijas, en sus oficinas del palacio de la Policía Nacional, en procura de la devolución de las publicaciones. El máximo ejecutivo de la uniformada alegó que los tribunales de la república habían sido apoderados del caso, para su decisión final y que las revistas en cuestión habían sido remitidas como parte constitutiva de la prueba del alegado delito.

Estas afirmaciones, remachadas con unas contundentes declaraciones ofrecidas por el jefe policial y que fueron reseñadas en la primera plana de la mayoría de los medios noticiosos de ese entonces, se constituyeron en el leño que atizó la fogata y a partir de entonces el asunto derivó en un sainete con los reenvíos, ardides y escaramuzas legales que acostumbraba montar el régimen balaguerista de los Doce Años, como forma de combatir, perseguir y arrinconar a sus oponentes.

Mientras, por un lado, se producía toda una corriente de opinión a favor de la obtención de la libertad para Claudio Tavárez Belliard, junto a la devolución de las revistas a sus legítimos propietarios, por el otro se desarrollaba la estrategia legal que habría de lograr el descargo del detenido y su salida de las ergástulas en las que se encontraba padeciendo el rigor del encarcelamiento injusto.

Los editores de la revista en cuestión remitieron un cable desde la ciudad de New York, dirigido a la Asociación Dominicana de Diarios en la que expresaban su asombro por la aplicación de la draconiana medida por parte de las autoridades al tiempo que solicitaban el pronunciamiento de la entidad en pro de la liberación inmediata de Tavárez Belliard.

Por su parte, en el plano legal, el flamante Procurador Fiscal del Distrito Nacional en aquel entonces, Anaiboní Guerrero Báez, a tono con las directrices emanadas de palacio fijó en $200.000  (Doscientos mil pesos) el monto de la fianza solicitada. Solo gracias al coraje y tesón desplegados de manera ardiente por los abogados de la defensa pudo lograrse una significativa reducción en la suma asignada para que el prevenido pudiese obtener la libertad provisional, hecho que pudo lograrse gracias a la actitud ecuánime y apegada a los cánones legales, esgrimida por el Magistrado Sergio Rodríguez Pimentel, Juez de la Segunda Cámara Penal, en donde fue ventilado el caso.

Además de los escarceos legaloides y las declaraciones temerarias y faltas de contenido esgrimidas por la policía nacional y sus personeros más  connotados así como las réplicas y movimiento de fichas encaminados por la defensa de Claudio Tavárez, en pro de sensibilizar a la colectividad en apoyo de su liberación, en el interín había venido produciéndose toda una campaña de orientación en los medios impresos, la radio y la televisión, en el que tomaron parte connotadas lumbreras del periodismo, analistas políticos e intelectuales, lo que contribuyó grandemente con el logro final de la obtención de la libertad y la devolución pura y simple de las revistas incautadas.

Las páginas del legendario periódico vespertino La Noticia, inspirado por las vibrantes y esclarecedoras plumas de su Director Silvio Herasme Peña y su Jefe de Redacción, Miguel Hernández, con sus encendidos Editoriales, su cobertura paso a paso del proceso legal y la acogida a innúmeras voces y opiniones en favor de los derechos del prevenido, hubieron de mantener encendida, en todo el curso del proceso, la llama de la libertad, en reclamo de los derechos conculcados.  Fidelio Despradel, desde su combativa columna Perspectiva contribuyó a desarmar paso a paso los mostrencos planteamientos legaloides esgrimidos por la Policía Nacional y la fiscalía.

Otro tanto debemos decir de los atinados enfoques periodísticos a la firma de Guarionex Rosa, pletóricos de datos y rebosantes de ecuanimidad, en favor de la justa causa. De igual manera, trascienden por su objetividad los planteamientos contenidos en los reportajes del corresponsal Ramón Velásquez, quien, a pesar de encontrarse limitado dentro de los férreos barrotes en que, en ocasiones, se encuentra el periodista asalariado, asumió con entereza y ecuanimidad el sagrado deber de dar a conocer los hechos con objetividad y sin amañamientos.

Junto a las reclamos de la población -unas veces mesurados y otras tantas encendidos y militantes-, y envuelto en el maremágnum de la efervescencia política que arropaba al país, el pleito por el establecimiento definitivo de la libertad con el descargo de la acusación que pesaba en contra de Claudio Tavárez Belliard así como la subsecuente devolución de los 700 ejemplares de la revista Perspectiva Mundial, siguió debatiéndose el incidente, hasta los días finales del mes de Septiembre.

Una edición especial de la revista, en su versión en inglés, consigna la condena internacional por el apresamiento del citado militante político, la imposición de la astronómica suma en calidad de tope para la fianza y, como es natural, por la negativa de devolución de la revista en cuestión.

Con el paso de los días, la razón y la justicia terminaron por imponerse en el curso del debate y en una nueva audiencia el fiscal del tribunal, Reynaldo Díaz Pared, se sumó al pedimento de descargo puro y simple esgrimido por la barra de la defensa, por considerar que el prevenido no había incurrido en ninguna de las violaciones que le atribuía la policía.

A pesar de que el magistrado se reservó el fallo, hasta una fecha cercana, Claudio Tavárez Belliard pudo recuperar finalmente su libertad, para dedicarse por entero y hasta el final de sus días a la lucha denodada y sin descanso en pro de los derechos y reivindicaciones de los oprimidos.

Gloria eterna a su memoria.

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