Por Miguel Guerrero
La ilusión de prosperidad que surge de la imparable construcción de torres y centros comerciales no tardará en derrumbarse.

Existe ya una sobre oferta de entre 18 y 20 mil unidades de apartamentos para grupos de clase media alta y la cifra sigue en aumento, sin que bajen los precios. El impuesto a la propiedad inmobiliaria, basado en el patrimonio, desalentará finalmente, y de hecho lo está logrando, la inversión en esa área, paralizando el crecimiento de la industria de la construcción, con las consecuencias que inevitablemente traería a la actividad económica.

El efecto dominó afectará infinidad de negocios y actividades relacionadas directa e indirectamente con el sector de la construcción, como ferreterías, transporte de carga, entre otros, de los que dependen miles de familias, sin posibilidad de crear en el corto o mediano plazo oportunidades de reemplazo que generen suficiente actividad para reavivar el ritmo de la economía.

Agréguese a esto el costo de la energía eléctrica, las alzas continuas de los combustibles y otras cargas impositivas, muchas de ellas de carácter administrativo, como el aumento anunciado de los peajes, el encarecimiento de los alimentos y medicinas, que merman la capacidad de las medianas y pequeñas empresas, así como de las familias de clase media y baja, para tener una idea de lo que nos espera.

Más ciudadanos atribuirán sus tribulaciones al modelo económico y a la actividad política, viendo cómo las vicisitudes propias del diario quehacer no se repiten en el ámbito de los partidos, con sus líderes y dirigentes en continuos procesos de acumulación de riqueza, rodeados de privilegios, mientras a ellos se les oscurece el panorama y empobrecen cada día.

Algunos lectores se dirán que veo la realidad con exceso de “optimismo”, porque la visión que alcanzo a percibir domina ya muchos ambientes en nuestras ciudades. l
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