Por: Juan Pablo Bourdierd (JPB).

La evaluación que no ayude a aprender de modo más cualificado (discriminatorio, estructurador, relevante, emancipador, con mayor grado de autonomía y de responsabilidad…) en los diferentes niveles educativos es mejor no practicarla. (Prof. Gabriel Molnar).

La evaluación  educacional tiene sus orígenes en la China Imperial (siglo III a.c.), cuando se introdujeron varias pruebas de habilidades (manejo de arco, caligrafía), prácticas que realizaban para combatir el nepotismo en la selección de funcionarios del Estado. Por razones semejantes se introdujeron los exámenes en el mundo occidental durante el siglo XIX, dado que el desarrollo económico provocó la movilidad social, y en estas pruebas se sentaron las bases para realizar una selección más válida y ejecutiva (Encarta 2009).

La evaluación es, quizás,  la parte del proceso docente más compleja, y a la vez productiva, porque  tiene como objetivo principal  legitimar y al mismo tiempo,  busca suministrar al docente informaciones que  exterioricen el  nivel de capacidad y habilidad que han desarrollado   los discentes durante el  proceso de enseñanza aprendizaje. De igual manera, revela de forma contundente sobre qué, para qué, y cómo enseñar, ya que les permite al  o la docente evaluar: los contenidos impartidos, los objetivos propuestos,  y las estrategias empleadas en todo el transcurso pedagógico.

El diseño curricular  concibe la evaluación como algo más allá de una evaluación de resultados, busca detectar las dificultades para establecer correctivos que permitan proseguir satisfactoriamente el proceso de aprendizaje.

 No obstante, todas y todos sabemos que, a diferencia de la evaluación que plantea el  currículo vigente, subsisten en algunos casos   las concepciones tradicionales  en la que el maestro o maestra es la única persona que evalúa desde su punto de vista, no toma en cuenta la autoevaluación, ni la coevaluación.  Dicho en otras palabras, este tipo de  evaluación es totalmente subjetiva y estéril.    

Ahora bien, nos queda como reto a los y las docentes erradicar  esas arraigadas concepciones, y  centrar el interés en dilucidar  criterios e instrumento  de valoración,  cuyos  objetivos sean apropiados para el sujeto evaluado. Esto así, porque aún permanece  también en el sistema educativo dominicano, por supuesto con algunas excepciones,  el hábito de centralizar el proceso evaluativo sólo en un examen.

Indiscutiblemente, el examen es un instrumento científico de evaluación, pero no es la única forma que puede servir de parámetro para valorar la capacidad general de los y las  estudiantes. Por lo que es inapropiado, la utilización de  este instrumento como único recurso evaluativo; dejando de lado aspectos tan importantes  como la producción  y comprensión oral, por citar un ejemplo. Estas   competencias  y otras más,  jamás podrán ser evaluadas por una prueba escrita.

Del mismo modo, es poco gratificante la confección  de los instrumentos de evaluación con premeditación y alevosía,   por el contrario,   debemos  diseñar elementos  evaluativos digeribles, provechosos,   que evoquen   directrices e inferencias, pero sobre todo, que propicien a los y las discentes  un haz de luz   para  descubrir y construir el conocimiento.

Ribas, 1997, pág., 153, (citado por Cassany), sostiene que no existe una  receta evaluativa  idónea que abarque todos los parámetros, que pueda ser usada con todos los estudiantes, en todos los contextos. Cada grupo de estudiantes requiere pruebas y criterios particulares.

Por tal razón, sugerimos algunas estrategias:

El diálogo, la descripción, la  narración, la argumentación, la exposición    el comentario y las anécdotas    permiten  la evaluación de la producción y la comprensión   oral y escrita.

La paráfrasis, la paraficción  y la homosintaxis son estrategias lúdicas para evaluar la composición escrita.

El análisis, la crítica y la interpretación son indispensables para  evaluar  los procesos de la comprensión lectora y escrita. 

La observación de imágenes permite valorar la comprensión inferencial y crítica,    el sentido de la observación, la  enunciación de sentimientos  y la expresión oral formal.

 Cabe aclarar que las estrategias propuestas, no son las únicas ni las más relevantes en el proceso de evaluación, son  sólo una muestra de la multiplicidad de posibilidades que podemos ofrecer en nuestro accionar didáctico.

A modo de reflexión:

 Es fundamental que se ponga especial cuidado en la evaluación, pues todo el proceso docente puede desvirtuarse, por una evaluación poca rigurosa o poco pertinente. La evaluación es un proceso científico y como tal debe seguir el método de la ciencia. (Bartolo García  Molina, Lengua Pensamiento y Educación, 2006:243).  

Sin lugar a dudas, una mala práctica evaluativa puede causar al discente marcas indelebles que pueden afectar en gran medida su estado emocional y por consiguiente su vida profesional. Ejemplos palpables son las injusticias que se han cometido,  tal vez de manera involuntaria,   con estudiantes de trayectorias brillantes en el Nivel  Medio y superior,   que le  han  traído como consecuencia perder la oportunidad de obtener  becas  de estudios o recibir algún galardón.  

El fracaso de la evaluación educativa  en algunos casos, también obedece, a que no trabajamos con rigor el proceso evaluativo básico  (autoevaluación, heteroevaluación y coevaluación).  Por lo que se puede colegir que en todas las áreas curriculares  además de aplicar una evaluación integradora de todas las competencias básicas es imperioso aplicar con conciencia todos los tipos de evaluación.

Estudios sobre las inteligencias múltiples  muestran que a veces la escuela se concentra en lo  que no sabe o no puede hacer el estudiante. Esto impide al docente visualizar  las competencias que poseen los y las discentes. Por consiguiente, es recomendable analizar los resultados de la evaluación diagnóstica y la formativa.

Profesoras y profesores, reflexionemos un poco sobre este caso: una sección de 30 estudiantes donde el   90% estaba por debajo  de 60 puntos.   ¿Quiénes  reprobaron?,  ¿Se evaluó o se midió? Por lo expresado, se impone que debemos  estructurar una  evaluación    que  además de medir, tenga como objetivo principal la construcción de aprendizajes significativos en los alumnos y alumnas.  Que se  evalúe el proceso educativo desde el principio hasta el final. Que se tomen en cuenta los propósitos  de las asignaturas diseñados por el currículo vigente. Que el rol del docente sea acompañar y facilitar el proceso, para propiciar situaciones que favorezcan el desarrollo cognitivo de los y las discentes.

 En conclusión,   concienciémonos de la relevancia de la evaluación en el proceso educativo. Centrémonos  en  paliar los efectos negativos   de la evaluación escolar y su repercusión individual en los y las estudiantes, en aras de desarrollar  una evaluación motivadora y significativa más que controladora de sus procesos de aprendizajes. En definitiva, sensibilicémonos ante los fracasos de nuestros alumnos y alumnas porque de algún modo también son nuestros.

De:Licda. Maura Yamiris  Peralta Saint-Hilaire.

2 Comentarios

  1. Muy de acuerdo. La evaluacion no debe concentrarse solamente en un examen. Tengo la experiencia de uno de mis alumnos en UCMM. Excelente estudiante, pero sus nervios no resistian un examen. En una ocasion cuando el resultado de su evaluacion fue muy bajo, me comunico que en el momento de examinarse todo se le olvidaba. Por esta razon tuve que apelar a otros medios para evaluar su conocimientos.

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