Guerra Afganistan
Por Federico Henríquez Gratereaux
En un mundo tan complicado como el de hoy la gente busca algunas “diversiones apasionantes” que le aparten de tantas preocupaciones “que no cesan”.

El “fútbol” es una de ellas, tal vez la más recomendable; otras son: la pornografía y las drogas narcóticas. Mariguana, cocaína, morfina, son medios para anestesiarse y no sentir “la vida que pasa”.

Finalmente, optamos por la insensibilidad. Intentamos “acorazarnos” psíquicamente para no dejarnos arrastrar por el torrente de insensatez y violencia que ahora “recorre el mundo”.

Huyendo de un temporal, naufragamos en lo que suponemos la costa, no siendo más que un islote solitario. De ese peñasco es muy difícil regresar a la tierra firme.

No podemos hacer nada para mejorar la situación en Afganistán, en Siria, Oriente medio, Egipto, Turquía, Ucrania o Venezuela. Tampoco es posible resolver el problema de las deudas públicas, en Europa y en América.

Son problemas gigantescos que desbordan nuestras capacidades de acción. Las monedas suben o bajan de valor sin la intervención de nuestras voluntades. Las fluctuaciones monetarias determinan la súbita riqueza o la extremada pobreza.

A los delincuentes ordinarios de todos los tiempos, se han añadido: piratas cibernéticos, especuladores financieros y bandas de narcotraficantes multimillonarios. Ni los tribunales de justicia, ni las fuerzas policiales, contribuyen a la tranquilidad del hombre común.

He oído decir a un psicólogo que mirar los peces moverse, a través del cristal de una pecera, produce un efecto sedante. Las repetidas idas y venidas de un “gold-fish” cola de velo, nos hacen pensar que su vida no tiene meta, ni propósito, más allá de comer avena y permanecer sumergido en el agua.

Sus rápidos virajes y elegantes coletazos indican satisfacción orgánica, el cumplimiento de unos misteriosos tropismos.

Las burbujas que oxigenan la pecera nos remiten a lo esencial para la vida biológica.

Después de escuchar la noticia de la explosión de un coche-bomba en Pakistán, que produjo cientos de muertos, pasamos a ver en la TV un partido de “fútbol”; los atletas corren velozmente tras la pelota, mostrando habilidades maravillosas para manejar con los pies un balón, que avanza o retrocede, hasta que es pateado con fuerza hacia la portería. Si la bola entra, todos gritan y se abrazan.
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