Por: Robert Núñez Cabrera.
¡Jesuth, Jesuth!, insistentemente llamaba a mi hijo de ocho años cuando me topé con Doña Olga dando las gracias en nombre de las mujeres reconocidas por el gobierno dominicano con motivo del Día Internacional de la Mujer. ¡Jesuth corre para que veas esto!, lamentablemente, cuando el niño llego ya la noticia había terminado en el canal once.

Cambie al canal nueve y por suerte estaban comenzando a reseñar la misma noticia, llamé nuevamente a mi hijo y entonces si pudo escuchar y ver a Doña Olga pronunciar desde el centro de su alma las palabras de gracias.

“Mira mi hijo, le dije al pequeño, esa mujer que viste hablando en el Palacio Nacional es maestra de mi pueblo, ella simboliza el magisterio deseado y representa a los hombres y mujeres que nos inculcaron el deseo de progresar, fueron ellos quienes nos enseñaron que la felicidad solo habita en aquellos que saben entregarse por lo que creen, ella es, como muchos otros, un monumento viviente, cuando volvamos al pueblo prometo llevarte para que la conozca”, “es un compromiso papi, me dijo, y no se me va olvidar”, fue su respuesta.

Con ese orgullo que siento por mi terruño y su gente, intento transmitir a mis hijos y a mis amigos, la importancia de una educación hogareña y escolar como la que recibimos en nuestro pueblo, donde tuvimos la suerte de tener maestros como Doña Olga, tanto en las aulas como en las calles, y la mejor forma de honrarlos es intentar reproducir sus enseñanzas, no cansarnos de elogiarlos, porque ellos, todos, fueron y son seres humanos excepcionales.
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