Por: Dr. Bienvenido Segura

Su sonrisa y su mirada reflejaron gran satisfacción por el afecto, cariño y apoyo que recibió de ciudadanos y ciudadanas que se aglomeraron para verle pasar en su tránsito a aquel pueblo. Era el tercer día de la semana y a media mañana el sol golpeaba el rostro de los que desafiaron el intenso calor de agua y sal.

La esperanza se veía a lo lejos en su rostro de hombre de bien. A lo largo de la avenida la espontaneidad se puso de manifiesto cuando una muchedumbre salió a su paso para tocarle y saludarle.

“De lo mío…”, repetían transeúntes y mercaderes de la plaza pública que alegres vitoreaban al próximo presidente. Debió descender del vehículo que le transportaba ante la insistencia de seguidores y amigos que se abalanzaban para abrasarle.

No obstante la larga espera, el tiempo pareció esfumarse y se convirtió en nada.

Las concentraciones sobrepasaron sus expectativas. Morados y aliados soportaron el candente meridiano para sentirle de cerca y oír sus propuestas. Una margarita adornó la tarde y posó para la gente del pueblo.

Las banderas moradas sobresalían alegres y cubrían la cabeza de quienes las portaban. Las viviendas atisbadas con afiches de amarillas estrellas sonreían y resistían la aglomeración de gente que buscaba guarecerse del sol inclemente.

A lo lejos, se observa el verdor de la esperanza que cubre su anatomía. La multitud le abre el paso entre pequeños trillos formados por hileras de brazos y manos que se entrelazan hasta convertirse en un cordón que protege al redentor de ideas renovadoras.

El escogido asciende las escaleras agarrado de Dios y de su pueblo, elevándose hasta situarse en el infinito. Junta sus manos y las levanta al compas de sueños morados, coloraos, verdes, azules, amarillos…y hasta blancos.

“Ustedes no deben temer”, dijo escuetamente a los que escuchaban con atención sus palabras. “Este es un país de gente buena y Dios siempre lo protege de lo malo”, sentenció entre vítores y aplausos.

“El presidente seré yo”, y sus labios se cerraron para dejar escuchar lo que el eco repetía al unísono hasta exacerbar los ánimos delirantes de una mayoría absoluta que ya había decidido hacerlo presidente.

Gotitas de sol tocaron su piel y desde la multitud unas manos arrugadas con ojos de cien años tocaron sus escasas canas para darle la bendición y decirle al oído: “A partir del 16 de agosto usted hará… lo que nunca se ha hecho”.

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