Por Domingo Peña Nina
El festejo del Día de las Madres se remonta a la antigua Grecia, donde existía la costumbre de celebrar ceremonias de adoración a Rea, madre de Zeus (Dios del cielo y el trueno), Poseidón (Dios del mar) y Hades (Dios del inframundo) hacia mediados del mes de marzo. “Posteriormente, estas ceremonias se ejecutaban en los idus de marzo por toda Asia Menor” (Enciclopedia Británica, 1959, tomo 15, pág. 849).

Los romanos tomaron esta costumbre de los griegos y llamaron a esta celebración Hilaria. Se celebraba el 15 de marzo en el templo de Cibeles y durante tres días se realizaban ofrendas.
Más modernamente, Julia Ward Howe, en 1870, rescató esta antigua costumbre de griegos y romanos y creó el Día de la Madre, que originalmente fue concebido como un día de madres por la paz, y luego se convirtió en un día para que cada familia honrase a su madre. Esta mujer fue una decidida pacifista y activista en pro de la posibilidad de sufragio para la mujer. Posteriormente, en 1907, la norteamericana Anna Jarvis, en conmemoración y tributo a la muerte de su madre se embarcó en una campaña de promoción del Día de la Madre como festividad, logro que alcanzó en 1914. Más tarde, renegaría de él como festividad, ya que consideró que se estaba perdiendo su original significado de reconocimiento a las madres por una festividad comercial. Ulteriormente, de manera progresiva esta celebración ha sido aceptada en muchos lugares del mundo, considerándola como justa y merecida, porque con ella se honra a ese ser abnegado que cuida con esmero a sus hijos durante el día y vela su sueño con desvelo. De modo que una madre siempre está presente para sus hijos, de forma incondicional, sin que importe su edad ni las circunstancias del momento.
Basta remontarse a la infancia para recordar cómo cuando comenzamos a dar pasos inseguros nuestra madre nos abría los brazos y nos invitaba a abalanzarnos hacia ella. Al llegar, nos premiaba con un abrazo y cien besos. En la adolescencia y juventud, cuando requeríamos una llamada de atención, las facciones tiernas de su rostro se endurecían momentáneamente mientras nos corregía, pero luego la fuerza de su amor volvían a enternecerla. En la adultez, encontramos en ella una amiga que nos da consejos y comprensión, que para guiarnos, pone delante de nuestros ojos su propia experiencia para que asimilemos sus errores y copiemos sus aciertos.
No siempre somos justos con ella, con frecuencia malinterpretamos su afán. No pocas veces la tratamos con indiferencia y hasta con brusquedad, sin embargo, ella perdona nuestros rechazos, nos acoge con bondad ante nuestros equívocos, mantiene las puertas de su alma abiertas día y noche, cuando todas las demás puertas están cerradas para nosotros. Es feliz y celebra nuestros triunfos, se torna triste cuando algo nos atormenta, se esfuerza al máximo para arrancarnos una sonrisa cuando nos ve tristes; nos estimula a seguir adelante cuando nos abate el desánimo y nos acoge con cariño cuando caemos derrotados.

No se imaginan los hijos la magnitud del dolor que causan a sus madres con una mala acción, con una inconducta; cuánto las hieren cuando muestran altanería en lugar de humildad, cuando evidencian odio en lugar de amor, cuando equívocamente valorizan más los bienes materiales que los espirituales, cuando olvidan todo cuanto ellas hicieron en su favor y descuidan hasta preguntarles cómo están y qué necesitan. No se imaginan cuántas lágrimas las obligan a verter cuando olvidan los principios morales y la educación hogareña inculcada pacientemente durante los años de infancia, cuántas amarguras deben saborear cada vez que se enteran de que un hijo suyo hizo algo malo de lo que nunca lo creyeron capaz; con cuánto pesar llevan en silencio esa amargura hasta llegar a la tumba.

Hay hijos que se olvidan tanto de su madre que, penosamente, se enteran de su fallecimiento mucho tiempo después de que fueron enterradas. Y al conocer la noticia, es cierto que algunos lloran y lamentan su inconducta, pero otros, en cambio, siguen indiferentes su accionar cotidiano. Pero, por fortuna, también hay hijos, en nuestro país, quizá los más, que, sin que les importe su fortuna ni su posición social, piden la bendición a su madre al encontrarla y al despedirse de ella; que son capaces de abandonar todo al saber que su madre está enferma o que, simplemente, siente deseos de verlos. Hijos, para quienes una petición de su madre es sagrada y hacen todo cuanto esté de su parte por complacerla. Hijos, a quienes el pesar de la muerte de su madre les acorta y agria los días; hijos, que muerta su madre visitan su tumba con frecuencia y la adornan con flores y la riegan con lágrimas; hijos, que estando bien cuerdos corren al cementerio cada vez que obtienen un triunfo, que comienzan un proyecto, que requieren un consejo y se sientan tranquilos junto a la tumba materna y con respeto le hablan como si, realmente, los huesos sepultos de la madre fueran capaces de escucharlos; y casi siempre se marchan convencidos de que fueron oídos y de que, de algún modo, recibieron la orientación que fueron a buscar.
La mayoría de los países celebran el Día de las madresdurante el mes de mayo. Así sucede en el caso de Corea del Sur, donde se festeja el día 8 de mayo. En España se festeja el primer domingo de mayo. Lo mismo sucede en Hungría, Portugal, Sudáfrica y Lituania. En México, Arabia Saudita, El Salvador, Emiratos Árabes Unidos, Guatemala, India, Malasia, Omán, Pakistán, Qatar, Singapur, la fecha en que se celebra es el 10 de Mayo. El segundo domingo de mayo, se festeja en Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Brasil, Chile, China, Canadá, Colombia, Croacia, Cuba, Dinamarca, Ecuador, EE.UU., Estonia, Filipinas, Finlandia, Grecia, Holanda, Honduras, Italia, Japón, Letonia, Liechtenstein, Nueva Zelanda, Perú, Puerto Rico, República Checa, Suiza, Taiwan, Turquía, Ucrania, Uruguay y Venezuela. En Samoa, se celebra el día 14 de mayo, en Paraguay, el día 15 de mayo, en Polonia, el día 26 de mayo, en Bolivia, el día 27 de mayo, en Nicaragua, el día 30 de mayo.
En nuestro país, al igual que en Suecia y Francia, se festeja el último domingo de mayo. Curiosamente, en Costa Rica se festeja el día 15 de agosto, en Argentina, el tercer domingo de octubre y en Panamá, el día 8 de diciembre.
Los que aun tenemos la dicha de contar con nuestras madres vivas tenemos mil razones para estar agradecidos, mil motivos para visitarlas con regularidad y pedir su bendición y sus consejos. Corramos a sus pies y digámosles lo mucho que las queremos, lo mucho que les agradecemos, lo mucho que las recordaremos hasta nuestro último aliento.

¡Dios bendiga las madres!
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