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Por Segundo Imbert Brugal
Nos criaron entre un “me da la gana y un “porque sí”. La infracción infantil se castigaba de forma abusiva e irracional, justificándose en derechos sagrados del “pater familia”.

Una variedad irreflexiva de ese autoritarismo que nos han transmitido de generación en generación.

Irse al rincón, recibir una pela, hincarse en el guayo, y tolerar adjetivos humillantes, eran escenas cotidianas en el ambiente familiar. Los padres actuaban, y todavía lo hacen, siguiendo un inconsciente colectivo repleto de monarcas, dictadores, generales, presidentes, y crucifijos implacables. Frente al martirizador, ceder y callar eran las únicas opciones.

Si bien es cierto que ahora los progenitores tiende a ser menos medalaganarios, gracias al trabajo de entidades independientes y de la educación mediática, la herencia desgraciada del “porque me da la gana” sigue inamovible entre los que gobiernan. Las autoridades civiles, rodeadas de un andamiaje institucional y jurídico, conseguido con gran esfuerzo en las últimas décadas, se pasan por el forro capítulos, acápites, párrafo uno y subsiguiente, de cualquier ley, resolución o decreto. Ante estas infracciones autoritarias, el ciudadano patalea, grita, pero al final termina frustrado y arrodillándose en el guayo.

El urbanismo de Santo Domingo es un paradigma irrefutable de arbitrariedad administrativa; símbolo elocuente del daño y del absurdo a los que se puede llegar estando en manos de funcionarios esmerados en hacer lo que les sale de los bolones: construyen donde no se debe, transforman lo intransformable, y destruyen lo que debió dejarse intacto. El resultado es la anarquía urbana que sin remedio sufrimos todos. La entrepierna decide. ¡Punto! El resto que aguante.

Esta forma imperial de mandar se ejerce en todas y cada una de las instituciones estatales. Todavía hoy, sí señor, que poco es lo que ha cambiado al respecto, el Gobierno es incapaz de reprender las grandes transgresiones. Desde el poder se apoyan los unos a los otros; han formado una hermandad secreta, que tiene hasta santo y seña:
Un tatuaje en el trasero representando una mano que enseña el dedito del medio.

Pero cuidado, ese “me da la gana” aparentemente irracional tiene su lógica. Detrás de todas esas locuras, que brincan encima y hacen papillas de la ley, rigen unas reglas precisas e inteligentes; son las de la corrupción y sus dineros. De ahí el dedito del medio – que es para nosotros – porque la manito llena y bien apretada se la meten al bolsillo con gran destreza. Siguen la estrategia del negocio político y del proselitismo.

Lo que no se hace para enriquecerse se hace para fomentar el populismo, y seguir mandando. La politiquería y la corrupción siempre han estado detrás de esos proyectos estrambóticos que transgreden leyes y cordura. La hermandad del dedito del medio se reparte el botín y los votos.

Nosotros terminamos siempre de castigo, aguantando pela, entre la frustración y la rabia, impotentes. Mientras, la clase gobernante se baja el pantalón, enseña el tatuaje con el dedito del medio, sonríe maliciosamente, y santifican los golpes a la piñata.
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