Por: José A. Leclerc Núñez.

Desde el pináculo de su vejez consumada; pódium que en vez
de flores le adornaban: soledad, quebrantos, arrugas y mantos
de piel desgatada; veía pasar su cortejo que iba rumbo a la final morada.

Procesión de escasos deudos, marcha de ligeros pasos
y solemnidad disipada, ¡algazara en caravana!
sin previas exequias y mutismo en las campanas;
tan breve fue la aflicción que no duró la mañana.
No hubo lágrimas, no hubo llanto; ¡Cuantas veces le
dijeron amarle tanto! ni gemidos ni lamentos, y el féretro
era más humilde que el desdichado que llevaba dentro.
Al final del sendero, donde se sembraría su cuerpo,
no precisamente para que naciera de nuevo; restos,
desechos, fueron entregados al sepulturero quien no dio
promesa de mostrar la ruta de llegar al cielo; y con más
miserias y tribulaciones que el propio difunto, al tapiar
la fosa, dejara olvidado el triste epitafio de su losa adjunto.
Y allá, después de la sepultura, él yacía inerte, no era débil,
no era fuerte, al igual que todos corría la misma suerte;
fría oscuridad en igual postura, se consumirían todas sus
vestiduras, quedando para siempre la blanca armadura.
Resguardaba el alma que hoy cumple sus penas, quizás
perdonadas o en justa condena.
¡Cruda realidad! experiencia ya vivida, de extraños matices
y cruel despedida, zurrando nuestro rostro, tan inadvertida:
¡La muerte es eterna, muy breve la vida!
llama que se apaga, y al etéreo soplo
quedará extinguida.

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