Por: Sergio H. Lantigua.
El día en que aceptemos el axioma de que no somos mejores que nadie, ni mucho menos exclusivos. Que hay otros encimeros a nuestra grandilocuencia y estatura petulante. Que debemos profesar la humildad, como prefacio a nuestro alterne socializante. En ese incisivo tris, habremos desenhebrado el teorema más complejo que hayamos podido arrostrar en la cotidianidad de cohabitar con nuestros semejantes, ya sea en el aspecto profesionista o en el intercambio ordinario con el vecino de al lado.

Si aplicamos esta regla de conducta salomónica, al devenir de la vida, veremos que siempre habrá un abogado, doctor, músico, escritor, etc., más decollante en cada horizontalidad social en que nos desenvolvamos. Un crazo error en el cual muy comúnmente incurrimos, es “el de juzgar las personas por su apariencia”. Generalmente, a primera vista, hacemos un justiprecio anticipado de las cualidades y opulencia que aún desconocemos. Sencillamente, porque un talante negligente nos incentiva a generar una reacción negativa. Empero, si el mismo personaje se nos presenta desplegando un frontispicio fantoche, de inmediato tendemos al solapado adulo, sin hacer sondeos previos. Por ende, no es impropio el recepcionar gratas complacencias, emanadas de quienes menos lo esperábamos, o todo lo contrario.

Así vemos como en la poética adjunta, maduramos una dramaturgia gemela en su patetismo y similaridad con la moraleja tácita de éste apólogo.

DE CUALQUIER YAGUA SALE UN ALACRÁN

Entre cristales resonantes, copas embriagadas, sostenidas por dedos acicalados con guante raso
Y degustando vaso tras vaso el vino avejentado convocados en asamblea como dioses mitológicos
Finos atavíos, aspecto linajudo pluma en mano, los poetas deleitaban con sus versos la verbena
Primero se incorporó Pablo Neruda, y fija la mirada en un retrato que colgaba de la pared dijo:
“A Rafael Alberti”, y recitó su poema con ardorosa pasión y un velado sentimiento por el amigo
Le siguió Rubén Darío, insigne y magno en su apariencia quien izara su altivo brazo exclamando:
“Padre nuestro que estás en los cielos” recitando reverente los versos etéreos del Hermano Asís
Tras un prolongado minuto de silencio, le siguió en su turno sin inmutarse, Charles Bauldeaire
Impávido, sin turbación alguna, miró hacia el techo, contemplando la luz de los candelabros y dijo:
“Mi pobre musa, qué sientes éste día?” y con un gélido acento entonó su “Qué dirás esta noche”
Enmudecieron los poetas y de un oscuro rincón de aquel antro un desconocido levantóse y dijo:
Yo no soy poeta, señores, lo admito! Pués jamás he escrito un poema ni siquiera en mis letargos
Tras breve pausa, fijó su vista hacia la nada conminando en voz alta: Poetas, ven lo que yo veo?
Prestenle atención a la noche, al rumor de las olas, pués en sus balbuceos se acunan los agobios
Como infatigables gaviotas amalgamadas en el albo esplendor de la espuma de sal saturada
Porque yo lo veo, y lo palpito! Qué es la poesía? Yo les pregunto. Acaso una emoción exclusiva?
No necesito ser un poeta para con solo extasiarme en una mirada enigmática inspirarme en ella
Para querer ser la flora y perfumar unos labios o golondrina viajera que me encamine a su morada
Ni para querer zabullirme en las aguas del Yaguajal proseguir su cauce y desembocar en su regazo
Yo nunca he escrito señores! Pero sé de amores, fracasos, andanzas y de emotivos amaneceres
He contemplado en la turbulencia del mar el azulenco de sus ojos y en el viento percibido su risa
Deambulado la misma ruta en el camino de la vida en asuntos pasionales todos somos poetas
Callaron los bardos y la feligresía. Afuera la noche y el silencio recitaban una copla en reverencia

1 Comentario

  1. Un saludo afectivo para la distinguida amiga y correligionaria en éste quehacer la Dra. Kenia de la Cruz a quien cordialmente queremos reprenderle su súbito destierro de éste acervo después de habernos habituado a embeber sus atinados artículos
    Nuestro respeto para ella

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