Por: Marcelo Peralta
Sabaneta, Santiago Rodríguez. RD. En el barrio Bolsillo decir Carmela Guzmán, es hablar de una mujer de temple, valiente y con un corazón bien pegado en el medio del pecho.

Vio crecer a sus hijos en medio de mucho sacrificio y a pesar de esas circunstancias nunca flaqueó, porque en aquellos tiempos había que ser fuerte como un “guayacán“.
Sus hijos no la defraudaron, le dieron cariño, amor, respeto y le dieron la oportunidad de viajar a Estados Unidos porque se sintieron siempre orgullosos de ella.
Fue en el barrio Bolsillo, donde Doña Carmela Guzmán, vivió por decenas de años en la casa 38 de la calle General Gregorio Luperón, y fue allí donde se convirtió en el símbolo del heroísmo de las mujeres de ese sector sabanetero.
Muchas veces en las noches como joven curioso la ví arrodillarse al pie de la foto de la Virgen de la Altagracia de la cual era devota a encender una vela y rezaba por la protección ante el divino Señor de sus hijos e hija.
Era una escena común, porque esa mujer encarnaba el dolor de verse a sus hijos lejos de ella y ellos eran los símbolos más preciados de su existencia.
La vida de esta mujer no ha sido fácil, de procedencia muy humilde que tuvo que hacer maravillas para criar a sus hijos y mantener a la familia unida.
Cuando sus hijos estaban a su lado era para ella lo más bello de su existencia, sin embargo, cuando por obligaciones tenían que irse para el extranjero a trabajar su corazón se entristecía.
Días tras días, como lo hacen todas las madres cariñosas, rogaba a Dios por la protección de sus vástagos.
Luchó por la formación humana de cada uno de ellos a través del buen comportamiento hacia el prójimo y pudieran convivir con tranquilidad en cualquier parte del mundo.
Hizo un sinfín de labores para ayudar a sostener el hogar. No les pesaban los trabajos que realizara, sino que lo importante para ella era vivir honradamente y buscar el sustento diario de sus hijos y garantizar su educación.
Cuando su hijo Mario se fue para Venezuela, ella comenzó a sentir los rigores de ser una madre entristecida, pero cuando recibía cartas de éste siempre me las enseñaba, debido a las relaciones de muchacho que existía entre los dos por la ligazón con el béisbol.
Con ello, me daba a entender que Mario estaba vivo en Venezuela.
Siempre nombraba a todos sus hijos con sus nombres y apellidos.
Tenía siempre a su lado a Milady, ya que era la única que no había podido viajar al exterior.
Es como dice el refrán campechano, ante una mujer tan trabajadora que se nos ha ido a destiempo: “Hay que quitarse el sombrero ante una persona que representaba la humildad de la mujer sabanatera”.
Como autor de este escrito, recuerda los últimos días en que ví a Doña Carmela antes de marcharse a Estados Unidos a vivir junto a sus hijos, quien estaba llena de salud.
Debo decirle que me ha impresionado tanto y me ha traído tantos recuerdos a mi cabeza que he decido reeditarlo y que un público amplio conozca mi póstumo homenaje a esta humilde señora.
Ello recuerdo sus tristezas y sus temores por la suerte de sus hijos que estaban en el extranjero. Sólo quiero enviarle un abrazo solidario a todos y cada uno de sus deudos.
Dolencias corporales bastaron para arrojándola a un hospital en Estados Unidos para acabar con su vida.
Llegó a ese centro asistencia a ese hospital con graves dolencias corporales y adolorida, con los nervios deshechos y el habla enredada.
Entendidos de que las autoridades del centro no faltaron al protocolo, donde era imperativo someterla a una evaluación física para precisar su estado, pero inútiles fueron los esfuerzos desplegados para conservarle la vida.
Se nos fue Doña Carmela Guzmán y ha dejado como estela a miles de personas con los corazones rotos.
Un millón de palabras no pueden hacer que vuelvas a revivir y mucho menos un millón de lágrimas, porque Dios que hizo es porque te necesitaba junto a él.
Tal vez lo único que duele más en estos momentos que decirte adiós es no haber tenido la ocasión de haberme despedido de usted en vida por el aprecio que me tuvo como si hubiese sido mi madre biológica.
Sin embargo, te digo adiós para toda la vida, aunque le prometo toda la vida estaré pensando en usted por el ser humano que significó para mí.

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