Por: Dr. Bienvenido Segura.
El alto índice de asesinatos de mujeres en la República Dominicana se puede calificar como una verdadera epidemia. Es alarmante el número de vidas femeninas que se pierden como consecuencia del salvajismo con que actúan sus parejas o ex-parejas. Este flagelo tiene a la sociedad sumergida en una especie de espanto colectivo.

La gran cantidad de feminicidios constituye una tragedia para la familia dominicana. Solo en lo que va de este año, son más de cien las mujeres asesinadas por hombres egoístas, desalmados o despechados que se consideran dueños absolutos de quienes comparten o han compartido sus íntimos sentimientos.

Es cierto que hechos de esta naturaleza ocurren también en sociedades desarrolladas, pero su incidencia es menor que en países pobres y tercermundistas como éste.
Esta epidemia de feminicidios es un claro reflejo de la descomposición que acusa la sociedad dominicana, producto fundamentalmente de la desintegración de la familia.
La cultura machista, el bajo nivel de escolaridad, los divorcios, la pobreza y la marginalidad social, son elementos que convergen en el punto de ebullición de la labilidad emocional y la violencia latente que permea la vida de algunos hombres que consideran a la mujer como un objeto.
La realidad es que poco a poco se ha construido una sociedad violenta, generada por la ausencia de valores morales, éticos y religiosos en la formación de los hijos e hijas.
Existen familias donde cada quien hace lo que le da la gana y la permisibilidad junto a la falta de corrección las convierten en un antro de vicios y violencia.
El impacto de los feminicidios no solo es a lo interno de la familia de la víctima, sino también en los sentimientos de la población en general.
Orfandad, cárcel, cementerio, dolor, pena y tristeza abruman a los hogares de las mujeres maltratadas y asesinadas por sus parejas o ex-compañeros de vida.
Es oportuno señalar que el abordaje de este tema debe ser integral, para poder dar así una respuesta adecuada a la violencia física, sexual, psicológica, verbal y patrimonial.
Esa es la razón por la que se hace urgente que el Estado cumpla con sus obligaciones, implementando políticas públicas eficaces tendentes a reducir a su mínima expresión el alto índice de violencia y criminalidad, priorizando lógicamente a los feminicidios.
No podemos permitir que el monstruo siga creciendo. Es necesario establecer una alianza entre instituciones gubernamentales y organizaciones sociales, empresariales, comunitarias y religiosas para hacer frente a este flagelo que corroe a la nación.
Prevenir la violencia en sus diversas manifestaciones, proteger a las mujeres víctimas y sancionar severamente a los cobardes asesinos que llenan de luto y vergüenza a la sociedad dominicana, debe ser el compromiso de todos.

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