Calle Amargura
Por Manuel Núñez
En las relaciones internacionales, hay unas fronteras que no pueden traspasarse, sin que traigan consigo consecuencias catastróficas.

Durante la Primera Guerra Mundial, conflicto que en el que Alemania parecía tener todas las ventajas, dos errores fundamentales influyeron en el descalabro del káiser Guillermo II, emperador de Alemania:

1. El hundimiento de los barcos mercantes estadounidenses por parte de los submarinos alemanes, metió en la contienda a Estados Unidos, que se había mantenido neutral y cambió, inmediatamente, las proporciones de las ejércitos que se hallaban en combate;

2. De ahí nace la ruptura de la línea Hindenburg por parte de las tropas aliadas. Ese acontecimiento supuso tal impotencia y abatimiento que llevaron al Káiser a firmar la rendición pocos días después y a la humillante derrota de Versalles de 1918.

Veinte años después, ocurrió un hecho similar. En 1940, toda la esperanza de estabilidad de Francia se había colocado en la llamada Línea Maginot. Se consideraba una frontera impenetrable. Un sistema de fortificaciones de hormigón y acero, rodeada de túneles, trincheras, bunkers y galerías, considerada como la piel del Estado y colocada frontalmente frente a la barrera germánica, la llamada línea Sigfrido. Una vez que los blindados lograron cruzarla, se desencadenó la descomposición y el hundimiento de Francia y a los pocos días se produjo el armisticio del Mariscal Philippe Petain.

Entre nosotros, la frontera que nos deslinda de Haití y establece el territorio de nuestra Independencia, se ha esfumado. Somos un país, prácticamente, ocupado. Ante esos hechos, ante la promiscuidad territorial que vivimos, la frontera jurídica es el último baluarte que nos queda. Si esa línea Maginot salta en pedazos, si el conjunto de fuerzas confabuladas, dentro y fuera del país– para desacatar la Sentencia 168/13– logra desmantelarla, generaría un proceso de desmoralización y de desintegración que nos conduciría a una etapa anterior a 1844.

Esa es nuestra circunstancia actual. Sin embargo, hemos naufragado en falsos problemas.

El engaño es una de las armas empleadas en la guerra diplomática. Son muchas y variopintas las caras de la estafa. Hacer que el enemigo caiga en una emboscada; separarlos con intrigas de sus aliados; distraer a su ejército con montajes teatrales o con la fabricación de un embeleco; vestir trajes de corderos para no generar oposiciones prematuras. Pero, entre todas las trampas que les han tendido al país, las más embrollada y la de mayor ingenio, consiste en poner al mando político a centrar el fuego de sus cañones en falsos problemas.

Entre los inventos de los falsificadores de la verdad, hay uno que ha entrado a escena en estos días. El señor Gustavo Sánchez, diputado peledeista por la circunscripción 3, lanzó un ataque despiadado a la Red Nacional por la Soberanía, descalificándola, con esta declaración: “esa famosa Red se puede comparar con los movimientos nazistas, son ultraderechistas” (El Nacional, 25/2/2014)”. Según ese señor, el Gobierno debería dedicarse a combatir los monstruos creados por su prodigiosa imaginación.
Cabe hacerse algunas preguntas: ¿Defender la nacionalidad dominicana es un acto fascista, nazi, ultraderechista? ¿Enarbolar los ideales de Juan Pablo Duarte de libertarnos de la influencia haitiana constituye un acto antihumano?.

Según el diputado de marras, las personas que han tomado la defensa del país, contra la campaña TNT, son grupos atrasados, que se oponen al progreso. En la lógica de este señor, para ser progresista hay que dedicarse a promover la haitianización del país, que perdamos el control del territorio. Con diputados como estos en muy malas manos está el pandero. Con ideas como ésas no se hubiera fraguado la Independencia de 1844. La deslealtad al ideario de Duarte queda fuera de toda duda razonable.

¿Cómo hemos llegado a este estado de humillación? ¿Cómo el Estado haitiano, que ha privado a su población de los documentos de identidad, ha logrado traspasarle la culpa de esa violación del derecho al Estado dominicano? Estamos ante el resentimiento de un Estado fracasado, colapsado, que espera hacer brotar de las nieblas de esta lucha sorda y sin sentido, la posibilidad de que toda la población haitiana pueda expandirse en el territorio dominicano.

¿Cuáles son las soluciones que estamos empleando para conjurar todas estas amenazas?

•Pedirles perdón a los haitianos por haber osado aplicar nuestras leyes;

•Inventarse un subterfugio jurídico, una trampa administrativa, para volver inaplicable la Sentencia 168/13. Tal fue el propósito del decreto 327/13, cuya autoría jurídica no ha sido reivindicada por nadie.

•Quizá, el más humillante de todos estos ensayos es presentar el desmantelamiento de la Sentencia como una exigencia internacional y comportarse como marionetas de la estrategia elaborada por Estado haitiano y sus aliados nacionales e internacionales.

En realidad, no estamos ante una crisis psicológica. Ni ante un conflicto que puedan resolver los donjuanes de paz, expertos en discursos embrollados. Se ha convoca a una cumbre para el mes de abril para arreglar la situación de crispación creada por el ataque diplomático haitiano. A ese conclave los haitianos han invitado algunos de sus mentores.
El Gobierno tiene dos opciones:

1) Hacer respetar la Constitución y frontera jurídica del Estado dominicano, y evitar una situación que anularía los resultados históricos de nuestra Independencia en 1844; y

2) someterse, deshonrosamente, a los propósitos sustentados por el Estado haitiano, de las ONG pagadas por los mentores internacionales de los haitianos y los grupos que constituyen la quinta columna, marionetas de todo el intervencionismo internacional.

Ante este desafío, el mecanismo para impulsar la rendición de los dominicanos es el miedo. En esa ceremonia han sido convocados todos los monstruos fabricados por el miedo. ¡Qué John Biden vendrá y obligará a los dominicanos a someterse! ¡Qué el Papa, seducido por un rap de Martelly, y por las jeremiadas de los jesuitas dominicanos, le dedicará una encíclica! Que vendrá una intervención internacional para hallarle el hogar a los haitianos en el territorio dominicano. Surgen rumores extravagantes. Cosas siniestras, soluciones descabelladas.

Y cuando comienzan a disiparse las esperanzas de someternos manipulando una intervención internacional, entonces los periodistas manipuladores, que, en vez informar, se han dedicado a gobernar al pueblo, inician campañas de seducción. Le hacen homenajes al Presidente; le envían emisarios adulones al ex Presidente Fernández, para, con esos elogios envenenados,convertirlos en instrumentos de sus perversas combinaciones.

El miedo nos convoca a la fortaleza. Solo pueden exhibir dignidad lo que se atreven a resistir al miedo. Durante más de cincuenta años, Cuba ha vivido cercada por el miedo. Nunca se ha doblegado ante todas las amenazas de destrucción, de aniquilamiento de su régimen político y todos los mecanismos implantados por el intervencionismo internacional para humillarla y rendirla. La resistencia ante la adversidad le ha granjeado un inmenso respeto internacional.

Aquellos que pregonan que renunciemos a la soberanía en nombre del miedo, en nombre de la falta de patriotismo y de dignidad, ignoran que la nación dominicana se fundó destruyendo el miedo, no glorificándolo. La incompetencia y la falta de fortaleza del presente puede ser compensada, tomando prestado el ejemplar heroísmo del pasado, mostrando lealtad a la gran hazaña de nuestra Independencia.

En todo este tejemaneje, ¿de qué ha servido el miedo, si no como un espantapájaros para humillarnos y desmantelar nuestra nación?

En contrapartida, cuando les ha fallado el miedo, entonces han empleado la compasión como argumento.

Nadie niega que los haitianos tengan derecho al trabajo, a la educación, a la salud y a tener documentos de identidad. Pero el Estado que tiene que garantizarle esos derechos es el Estado haitiano, no el dominicano. No se le pueden arrebatar los derechos al dominicano en su país, para dárselo al haitiano. Se trata, pues, de una compasión selectiva, que nos despoja de nuestro derecho a existir.

Hemos tropezado con dirigentes completamente desconectados de la realidad. ¿Quién con dos onzas de cerebro puede pensar que se combate al endémico desempleo que padece el país desnacionalizando completamente el trabajo? ¿Quién puede imaginarse que al privar al dominicano de los mecanismos de supervivencia representado por el empleo, no iban a crecer desproporcionadamente la delincuencia, del narcotráfico, la prostitución, del juego, la inseguridad y la desesperanza?. Las estadísticas son devastadoras.

Estamos gastando más del 30% del presupuesto de la salud pública en estas poblaciones, y quitándole posibilidades de curarse al dominicano pobre; estamos combatiendo la pobreza del dominicano importando pobreza ajena. Los grupos que promueven esta implantación extranjera quieren presentarla como una oportunidad económica, como una ventaja.

La suplantación del pueblo dominicano en los empleos, en los hospitales, en las escuelas, en los comedores económicos, en los hogares infantiles, no es un triunfo económico sino una derrota de toda la sociedad dominicana.
Fuente:

Para comentar: (Deben poner sus nombres completo y reales); SABANETASR.com no es responsables a ningún comentario.