Por Luís Amílkar Gómez
Nunca entendí de donde sacaste tanta energía.
Todavía no había amanecido cuando te escuchaba en tus quehaceres.
Cuando nos levantábamos, ya el desayuno estaba preparado. Los uniformes kaki con sus filos almidonados estaban en sus lugares. Prácticamente, nos empujaba hacia la escuela.

Siempre te quedaba con los más pequeños, a los que había que cuidar mientras atizaba el fogón para comenzar la preparación del almuerzo. Mientras las habichuelas bailoteaban en el agua hirviente, fregaba los trastos, lavaba la ropa, atendía los comentarios de la vecina y despachaba a mi padre hacia el trabajo.

Siempre desayunado.

Siempre limpio.

Nunca entendí como te las arreglaba para repartír amor entre nueve, a partes iguales, sin que ninguno se sintiera ignorado, descuidado ó discriminado.

Nunca entendí como ante la disciplina férrea del viejo, siempre creaba ese manto de paz, protección y entendimiento bajo el cual siempre acampábamos.

Ahora que vivimos en un mundo lleno de traiciones y manipulaciones, se me hace más difícil entender tu lealtad incondicional hacia mi padre, hacia tus hijos, hacia todos los que te rodeaban.

¿De dónde sacaba el tiempo para hablarnos de honestidad, de Dios, de buen comportamiento, de respeto hacia los demás, de los valores que todo buen ciudadano debe poseer?

¿Cómo aguantaste la miseria, las privaciones, la estrechez y el desasosiego que embarga a una madre cuando no puede proveer a sus vástagos los elementos básicos del diario vivír?

Nunca pude entender como nos guiaste tan lejos si apenas sabía el camino.

Creo que nunca lo entenderé.

Habría que ser madre para comprenderlo.

Sólo ellas saben cómo se templa el acero.

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